Fuego y chalé

Pedro Armas
Pedro Armas A MEDIA VOZ

OPINIÓN

SANDRA ALONSO

01 sep 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

Somos muy de acordarnos de los incendios cuando hay que apagarlos. Somos muy de emociones y poco de razones. Las televisiones prestan especial atención a las víctimas y los riesgos que corren cuando un incendio desbocado se aproxima a sus casas. Primero, el riesgo de pérdida de una vida; segundo, el riesgo de pérdida de los recuerdos de una vida. Todo resulta emocional y emocionante, lo cual añade a la noticia ingredientes para el espectáculo televisado. Se entrevista a los protagonistas, más que a los especialistas, para que nos cuenten sus miedos y sentimientos. Todos hablan de desatención y falta de medios, pero los entrevistados muestran distintos perfiles.

Los que en su día trabajamos en el rural, por ejemplo, «rozando toxo no monte para ter estrume na corte», en época de abonado orgánico y auto subsistencia, comprendemos a los paisanos que viven en pequeñas aldeas, propias del poblamiento disperso tradicional, cuando explican cómo han tenido que colaborar a la hora de crear cortafuegos alrededor de esos asentamientos para evitar que se los comiese el fuego, después de comerse los castaños o carballos circundantes.

Podemos comprender incluso a los paisanos que, por abandono, desidia y falta de conciencia ambiental, han llenado de eucaliptos sus agras de cereal, convirtiéndolas en bosquetes «pirófitos». Los comprendemos a ellos, no a los que lo han permitido prescindiendo de la planificación forestal. Como tampoco comprendemos a las autoridades autonómicas que se inhiben de sus obligaciones, pasan de la ley de montes y del Estatuto de autonomía, no elaboran, o elaboran y no aplican, planes de prevención y vigilancia del monte e intentan confundirnos diciendo que son otros los responsables de la gestión de los incendios.

Ahora bien, Galicia, por falta de planificación del suelo, ha pasado de un poblamiento disperso, de aldeas, a un poblamiento diseminado, de casas por doquier. Cuando se entrevista a un señor delante de su chalé amenazado por el fuego, solicitando hidroaviones y, al margen del drama personal, se ve claramente que la vivienda, aislada y exclusiva, construida sobre el borde litoral, con piscina y carpa de jardín, fue levantada sobre suelo rústico no urbanizable, igual que hay una víctima, hay un culpable: el alcalde que, en vez de promover un plan general de ordenación urbana, le sugirió aquello de «ti bótalle a placa», eso sí, a cambio del voto.