La imagen personal es un activo muy importante. En su cuidado, a lo largo de la historia, influyen los gustos cambiantes de nuestro entorno cultural, pero, sobre todo, nuestra atención por buscar la afirmación de las cualidades propias que nos hacen destacar de los demás; interés que es muy desigual de unas personas a otras, ya que va desde la más absoluta indiferencia a la persistencia enfermiza de los que padecen un trastorno narcisista.
En el mundo occidental se han instalado costumbres antes inaceptables como la ornamentación con los tatuajes, muy usados a partir de la primera década de este siglo y antes considerados de mal gusto en el mundo civilizado, mundo en el que, de media, cada individuo utiliza siete productos cosméticos al día y un número cada vez mayor realiza actividad deportiva, dieta y toma fármacos milagrosos para mejorar la apariencia, y ha adquirido rutinas de la medicina o la cirugía estéticas que mantienen su nivel de guapura.
Para la mayoría, la culpa es del ámbito relacional. Tener buena apariencia física, ir a la moda en el vestir y poseer un lenguaje verbal y corporal adecuado parecen una imprescindible tarjeta de presentación para el que aspira a tener éxito en su vida social y laboral. Sin embargo, en el contexto social actual, da la impresión de que no existe un factor personal de mayor trascendencia que el de ser joven.
Hay que evitar el envejecimiento, porque se pierde la salud, te tratan geriatras y gerontólogos y te colocan la etiqueta del Imserso. Cobras la pensión porque te has jubilado muy anticipadamente y no pisas un instituto de mayores ni los servicios sociales. No son pacientes con midorexia (obsesión por parecer más joven), sino personas con percepción negativa del estereotipo del envejecimiento. No a las arrugas, al desprendimiento de los tejidos de la cara, del cuello o de los brazos, no a la caída de la cola de las cejas y de las comisuras de la boca, no a los surcos profundos en el entrecejo, la frente o las mejillas, no a las manchas solares y a las del paso del tiempo.
Cuando se acude al tratamiento estético debe ser un tratamiento personalizado, pero, en muchos casos, el profesional o los pacientes se deciden por el mismo. La inmensa mayoría se someten a rellenos, que disimulan la caída de los tejidos, y bloqueantes nerviosos como la toxina botulínica, que acaba con las arrugas o suben la cejas y las esquinas de la boca.
Todos y, sobre todo, todas, sin arrugas; pero pasando a formar parte de un estereotipo de persona inyectada. No tienen arrugas, pero se parecen, entre sí, la ministra, la presentadora de la tele y la dependienta de la lavandería que, antes de ser tratadas, no tenían ningún rasgo en común. Están más jóvenes, pero englobadas en un mismo modelo facial. Las personas feas y las guapas acaban con un aspecto similar. He sentido la necesidad de escribir estas líneas tras escuchar una entrevista radiofónica en la que, a una actriz joven y muy guapa, le preguntan: ¿tú qué quieres llegar a ser más adelante? La sorprendente respuesta fue: «Quiero ser vieja, quiero llegar a vieja». ¡Enhorabuena¡ No tendrá que esforzarse para continuar siendo guapa el resto de su vida.