Manolo Martín, el hombre que quiso al pueblo más allá del pueblo
OPINIÓN
Difícilmente se podría aplicar el presentimiento de R. M. Rilke —«mi patria es mi infancia»— a alguien mejor que a él, perdido en los recuerdos adolescentes de duros inviernos y soleados veranos en la lejana disciplina laboral de Benjamín, su padre, o Petra, su madre, ineludible evocación proustiana del deseado beso materno en un Illiers-Combray de sueños, con Moraime y sus Cármenes, san Isidros y sus Barcas al fondo. El origen de una recia identidad: un paisaje moral y de acontecimientos y una educación ejemplar que jamás lo abandonará. Allí, en aquella distancia de los primeros sesenta del siglo pasado, veo a Manolito Martín, siendo yo un niño de seis años, el seminarista que ordenaba procesiones, con su negra sotana y fajín azul, a las órdenes «do Cura Vello», bañándose en A Laxiña, jugando al fútbol na Orxeira, en la playa o A Camposa y sirviendo cafés en el recordado Salmantino, el bar de sus padres, decorado con unos maravillosos murales al temple, de visiones de una Muxía que ya nunca volverá.
Manolo Martín fue desde esa juventud un hombre austero y trabajador, con unos principios morales y una generosidad sin límites, sometida a la peculiar retranca de una irónica filosofía muxiana con olor a salitre, bañada de bondad, al igual que todos sus hermanos. Deportista exquisito (no solo jugó al fútbol en el Muxía sino también en el Compostela), mi maestro en los veranos adolescentes, grandísimo amigo siempre, con el que compartí la Residencia del Burgo de la Naciones y más tarde piso en Santiago, un profesional hecho a sí mismo, que compaginaba su trabajo en Peleteiro con sus estudios de Derecho. Más tarde, un abogado de referencia en Compostela y profesor de Derecho en la facultad, un ejemplar padre de familia y enamorado eternamente de una guapísima profesora y extraordinaria mujer, Mercedes, su gran cómplice en todos sus proyectos, pero también en el amor compartido e innegociable a su Muxía del alma. Fueron, además de sus hijos, su familia y sus amigos —decenas de amigos tuvo Manolo—, las dos grandes referencias a las que dedicó su vida. A Muxía, en una distendida ósmosis, de voluntad absoluta, entregó la parte de su corazón más desinteresada, financiando libros para relatar su historia y fijar una memoria que jamás deberíamos olvidar, costeando esculturas y exvotos del santuario da Barca, el numen presencial en una lona —lo consensuamos ambos— que refracta como huella inolvidable el retablo barroco de Miguel de Romay. Conciertos, como aquel, tan enternecedor, de María do Ceo, y becas a los niños más necesitados después de la debacle del Prestige…
Manolo Martin no se podría entender sin Muxía, sin sus saludos de guerra cuando encontraba a sus amigos muxiáns, en cualquier geografía: Buxi…, Parra…, Basi…, palabras que ahora no podría completar más allá de la intimidad, son la metonimia de su irrenunciable identidad, que durante años explicaron su pícara y bonachona sonrisa frente al océano portuario en el que se despertaba cada mañana en sus escapadas muxianas. Falleció el jueves. Lo recordaremos siempre. Sus cenizas han vuelto al pueblo para reposar frente al mismo océano que tanto amó, algo así como el mar fiel que dormía en las tumbas de Le Cimetière marin de Valéry.