Creo que ahora mismo es más factible que el papa nos responda un WhatsApp a cualquiera de nosotros que un adolescente. Las nuevas tecnologías son tan nuevas y tan emocionantes para los chavales que siguen funcionando con el mismo código de siempre: no contestar a sus padres. Va así. Desayunan con el móvil, van al baño con el móvil, se duchan con el móvil, se acuestan con el móvil, pero, aunque estén en línea y estén mirando la pantalla fijamente, no tienen respuesta para sus padres. Es el juego del gato y el ratón, un laberinto lleno de escondrijos que manejan con una habilidad pasmosa en sus dedos. Tienen tres cuentas de Instagram, dos de TikTok, se conocen todos los recovecos de las redes para chatear con sus amigos en la intimidad más íntima, pero, en cuanto un padre o una madre les escribe un texto, el adolescente desaparece. Son tan escurridizos como los renacuajos. Nadan en aguas turbias y solo asoman la cabeza para escribir cuando la necesidad es máxima: «Puedo quedarme más por la noche?», «Puedes venir a recogerme a las cinco de la mañana a las fiestas de O Burgo?»... ¡Ay, ese es otro canal! Si el lingüista Roman Jakobson hubiese tenido hijos adolescentes cuando describió los elementos comunicativos, hubiera sido otro cantar. ¡Ni mensaje ni mensaja, que diría una madre al uso! Hijos, por favor, coged el móvil de una vez.