Ahora que ha acabado el mes del orgullo habrá quienes todavía desconozcan por qué este movimiento tiene tanto ritmo. Y es precisamente porque los homosexuales se negaron al cierre del pub Stonewall en 1969, en Nueva York, y dieron la cara para poder bailar con quienes deseaban. El orgullo de bailar es el origen de una revolución social, pero también es la esencia de un género musical. La música disco, que en el 69 apenas comenzaba, arrancó de la mano de los gais que se reunían en los tugurios donde se juntaban también otros grupos marginados, como los afroamericanos y los latinos. Sin la fiesta gay no habría habido ese sonido que arrancó con hits como The Love I Lost, de Harold Melvin & The Blue Notes, o Soul Makossa, de Manu Dibango, y Young Hearts Run Free, de Candi Staton. De hecho fue ella quien abrió camino a todas las divas negras, de Donna Summer a Gloria Gaynor, que auparon a las mujeres afroamericanas que venían sufriendo (y sufren) doble discriminación. Luego, como siempre, se unieron los blancos y toda la música disco posterior —de los Bee Gees a Abba—, que tantos buenos éxitos han dado. Si quieren saber más, vean el reportaje de Movistar + que cuenta la historia de cómo se dio esa mezcla brutal. Sin los homosexuales que buscaron cobijo en todo esos antros no hubiéramos tenido la música de nuestras fiestas. Se lo debemos.