Otra vez la doble vara

Xose Carlos Caneiro
Xosé Carlos Caneiro EL EQUILIBRISTA

OPINIÓN

Diego Radamés | EUROPAPRESS

08 ene 2024 . Actualizado a las 05:00 h.

Recuerdo una frase de Chesterton: «Los hombres que comienzan por luchar contra la Iglesia por el bien de la libertad y la humanidad terminan arrojando la libertad y la humanidad con tal de poder luchar contra la Iglesia». Viene a cuento de este artículo. Hablo de un asunto que he tratado en otras ocasiones: la doble moral, o el cinismo, o la hipocresía. Viene a cuento de que cuando escucho la palabra libertad por parte de algunos sé que están hablando de «su» libertad, no de la de aquellos que disentimos de sus ideas. Viene a cuento del esperpento que ha originado una piñata de fin de año cerca de la sede socialista de Madrid. Y viene a cuento de que uno está harto de que para ellos rijan unas normas y deberes y para el resto otros bien diferentes. Lo que han hecho con la piñata de Sánchez a mí me parece reprobable, pero más reprobable me parece que las juventudes socialistas hace años guillotinaran a Rajoy (¿no lo recuerdan los socialistas?), o que en cada Diada quemen las fotografías del rey y de relevantes políticos. Más reprobable me parece que aquellos que retirarán los delitos de injurias a la Corona, o que permitirán que se vitoreen a asesinos que salen de prisión, se pongan estupendos hablando de odio. El odio lo vemos todos los días. Lo sentimos. Y sabemos perfectamente quiénes son los que jalean el odio. Los de la piñata de fin de año, sin duda, pero también otros que desde las propias instituciones hablan de muros que separen a los españoles: los buenos (ellos) y los malos (el resto). Y para finalizar esta primera reflexión, me pregunto, al igual que la señora Yolanda Díaz: «¿El odio en sí mismo es un delito?». Ella misma, como jurista, se contestó: no lo es. Porque si el odio fuese un delito, todos los que insultan, a otros columnistas más relevantes y a mí mismo, en las redes sociales (algo de lo que yo no dispongo) estarían entre rejas. Pero no lo están. Y miren que algunos lo hemos intentado. Pero la respuesta de los abogados siempre es la misma: hay poco que hacer.

La parte final de la columna de hoy no habla del odio. Es, simplemente, memoria. Recuerdo a un diputado coruñés que se vino a su amada Galicia a emprender una nueva aventura política. La aventura le salió muy mal y, habiendo prometido que no marcharía de su Galicia, no dejó el escaño de Madrid, y regresó. Todo un ejemplo. Pero hay otro más cercano, el de aquellos que hablan constantemente de renovación, y de que conviene savia nueva, y que es necesario el cambio. Algunos de ellos llevan lustros en política. En política bien pagada, digo, no en política de concejo rural. Sigo. La persona que lidera ahora mismo el BNG, organización que no deja de dar lecciones sobre cambio y renovación, pronto cumplirá veinte años como diputada en el Parlamento gallego. Un ejemplo de renovación, sin duda. Lo importante, como diría Chesterton, es olvidar los compromisos y «seguir luchando contra la Iglesia». Prometer. Nunca cumplir.