El cine tiene otra cosa

César Casal González
César Casal CORAZONADAS

OPINIÓN

OSCAR CELA

22 oct 2023 . Actualizado a las 05:00 h.

Ya no soy aquel adolescente que en el pequeño papel de las entradas de cine de los ochenta escribía por detrás en letra diminuta una puntuación de la película y un mínimo apunte de la impresión causada. Pero sigo sintiendo algo especial cada vez que voy al cine. No es un hábito más. No. Es un ritual necesario. Y, de un tiempo a esta parte, con la proliferación de las plataformas, se ha convertido casi en una decisión revolucionaria. Una rebelión. No tiene nada que ver con la comodidad de darle a un botón en casa y elegir entre cientos de películas. Claro que no. Pero tiene otro recorrido: otro tacto, otro gusto, otras sensaciones… La sala a oscuras, esa obligación horaria. La posibilidad de compartir con alguien o no la película y hablar de ella al salir. Esas primeras impresiones que brotan para bien o para mal, según lo que te haya parecido la película.

Es solo una tímida percepción. Pero últimamente parece que hay más gente en las salas de cine. El bum de Oppenheimer, un filme fascinante, al que no soy capaz de ponerle ninguna zancadilla. El bum de Barbie. La clase de educación que es Campeonex, la continuación de Campeones, sobre los auténticos superhéroes de esta sociedad. Hércules Poirot en Venecia. Incluso, la cita con los que nos atrevamos a ir a ver al perseguido Woody Allen, que ha logrado superar la absurda cultura de la cancelación. El cine amaga con una resurrección. Seguro que es un espejismo. Pero yo nunca abandoné sus filas. Ni cuando había que separarse en pandemia e ir enmascarado.

Es más, las salas me atrajeron todavía más desde que vivimos atados al móvil. Aunque otros espectadores no lo cumplen y ojean sus aparatos, es sanador entrar en una sala y obligarte a no encender el móvil durante esas dos horas. Es una cura absoluta. Sienta muy bien. Y sienta todavía mejor descubrir que no hay ni un solo mensaje, ni wasap, ni correo, ni red social que te hayan comunicado algo que no podía esperar esas dos horas.

Los cines, como las librerías, ese vicio de comprar todavía libros y disfrutar del papel, de comprar periódicos y disfrutar del papel, son deberes cívicos. Dirán que soy un ser del siglo pasado. Lo soy. Pero me estremece de ilusión que exista esa posibilidad de que las salas de cine se estén recuperando. A oscuras. A solas con las pantalla y con tu mente. Con las ideas e imágenes que te van a transmitir y que vas a asimilar sin las distracciones que ahora nos abruman el resto del día. Y además, todo eso que sucede antes y después. Ir a propósito. Qué importante esto de ir a propósito. Quedar con alguien. Elegir la película. Disfrutarla o no. Debatir o discutir sobre ella. Comentar luego, en un café, la experiencia con otras personas que fueron a verla en esa pantalla grande que no tiene precio. Y del precio quiero hablar. Qué es carísimo, dicen. Vale. Piensen entonces en lo que pagan por sus copas una y otra vez, sin plantearse que una película en un cine, por esas dos horas a solas, vale menos. Sí, cuesta menos o lo mismo que cualquiera de esos gin-tonics con tropezones que se beben sin importar los euros que vuelan. El cine no es una forma de cultura. Es una cultura. La nuestra.