Dolores

Luis Ferrer i Balsebre
Luis Ferrer i Balsebre MIRADAS DE TINTA

OPINIÓN

MARÍA PEDREDA

02 may 2023 . Actualizado a las 05:00 h.

En medicina, una de las cosas más difíciles de valorar objetivamente es el dolor; de hecho, las escalas que lo evalúan son básicamente analógicas y no cuantificables.

Existen muchos tipos de dolores: de tipo neurológico, musculoesquelético, oncológico, visceral… y todos ellos tienen sus características. Los hay opresivos, punzantes, urentes, cólicos, sordos, pulsátiles, crónicos y agudos, pero todos son malos de soportar. Hay gente que tiene más tolerancia al dolor que otros y otros que lo llevan con más estoicismo, pero todos son malos.

Uno de los mayores avances de la medicina ha sido la posibilidad de poder controlar el dolor —nunca agradeceremos lo suficiente el trabajo y saber de los anestesistas—. ¿Se imaginan ustedes lo que debía ser un dolor de muelas en el castillo de la Mota, en pleno invierno y sin una simple aspirina para aliviarlo? ¿O el dolor de la reducción de una fractura sin analgesia alguna? ¿O un parto complicado o un cólico nefrítico a pelo?

Sin entrar en otro tipo de dolores aún peores si cabe, aquellos que describía Quevedo: «No busques a tus dolores remedios en Galenos ni Avicenas, que tus dolores son del alma, no de las venas». Esos dolores que nos dejan postrados, paralizados, sin otra posibilidad más que la de sufrirlos impotentes.

Los hay también aparentemente nimios, cotidianos, sufridos por cualquiera, que por su escasa trascendencia para la salud parecen despreciables, pero que no lo son y te amargan igual. El dolor de cabeza, por ejemplo, tan de casa, tan vulgar, puede llegar a dejarnos fuera de combate o arruinarte una jornada.

El dolor de muelas es otro clásico impertinente y tenaz que no admite demora en su alivio. Igual que el de las aftas de la boca y el antipático y sorprendente dolor que produce un simple y maldito padrastro.