Ante una convocatoria de huelga médica, siempre nos invade una sensación de tristeza y decepción. No somos activistas y casi nunca protestamos con beligerancia y, en general, nos quejamos poco.
En parte, porque vemos el sufrimiento desde muy cerca. Es duro estar de guardia en Nochebuena, pero mucho peor es estar acompañando a un paciente ingresado. Y no digamos ser tú el enfermo.
Sin embargo, como cualquier trabajador, tenemos que reivindicar nuestras condiciones laborales. Además, dado que vivimos de cerca las carencias de nuestro sistema sanitario, en ocasiones, no podemos permanecer callados y tenemos necesidad moral de reclamar soluciones.
Porque lo cierto y verdad es que faltan médicos y faltan medios, y en todos los niveles asistenciales.
Pero la situación es particularmente grave en los hospitales comarcales, donde las plantillas son muy pequeñas y los equipamientos se están quedando obsoletos. Y lo peor es que, en muchas ocasiones, parecemos invisibles o irrelevantes a los ojos de la Administración.
En el Hospital de Burela, es verdad que se está acometiendo una importante ampliación del edificio. Pero esto solo es totalmente insuficiente, y necesitamos más personal y más medios. Y que, cuando se planifiquen las necesidades de personal, se tenga en cuenta los avances sociales y los derechos de los trabajadores, como permisos por maternidad, bajas, traslados, excedencias, exenciones por edad, etcétera.
En la Galicia rural, cuando trabajaban dos vacas con el yugo, el paisano, en ocasiones, desplazaba el loro (es la pieza que une el yugo al carro) hacia la que consideraba más fuerte: le echaba el loro. Así, las dos vacas caminaban en paralelo con su yugo, y parecía que ambas tiraban por igual del carro, pero una de ellas llevaba casi todo el peso. Y, la Administración nos está echando el loro.
Y, aunque la huelga no nos parece una buena solución, porque perjudica a los pacientes, uno entiende que muchos compañeros la secunden. Porque la Administración no puede seguir echándonos el loro.