Nervios

Luis Ferrer i Balsebre
Luis Ferrer i Balsebre MIRADAS DE TINTA

OPINIÓN

Alejandro García | EFE

¡Estoy de los nervios!, le decía, tamborileando la pierna derecha y rebañándose con minúsculas dentelladas las uñas de la mano. Desconozco el motivo de tal ansiedad, pero, a juzgar por esos signos, la señorita de la mesa de al lado estaba atacada. Coincidió con un reportaje en el periódico que hablaba de cómo dejar de morderse las uñas y un compañero psicólogo señalaba que la gente se come las uñas como una forma de calmar la ansiedad. Tiene razón y tiene su porqué.

En el inicio de su evolución emocional, el ser humano solo percibe dos sensaciones: el bienestar y el malestar. El malestar se debe básicamente a tres cosas: el hambre, el dolor y el malestar que produce estar sucio (cagado o meado) o con frío. Al contrario, solo hay que mirar la cara de un bebé recién aseado o después de mamar para entender lo que es el bienestar.

Los llantos desconsolados del bebé cuando está mal a gusto, solo se tranquilizan cuando llega una cálida teta nutricia que lo acuna, calma el hambre y da calor; es decir, es por la boca que se consigue el anhelado bienestar (la fase oral de la que habla Freud). A partir de ahí, la boca va a ser fuente de gozo y de tranquilidad, por eso la mayoría de los placeres se consiguen a través de la boca y cada vez que estamos angustiados —a falta de una teta omnipotente que venga a calmarnos y acunarnos— recurrimos a movernos repetitivamente y a llevarnos cosas a la boca: comida, bebida, tabaco, bolígrafos, o nos mordemos las uñas.

La angustia nos hace comer más, fumar más, excedernos con el alcohol y devorarnos los dedos, pero también nos procura, como decía Cela, el único placer que dura toda la vida.