El trino del diablo

Miguel-Anxo Murado
Miguel-Anxo Murado VUELTA DE HOJA

OPINIÓN

Ed

19 mar 2023 . Actualizado a las 05:00 h.

Mi padre tenía veleidades de violinista, pero dejó de tocar por culpa mía. Al parecer, cuando yo era un simpático bebé, lloraba cada vez que él tocaba. Más que una crítica musical, aquello era un comportamiento propio de la edad, pero terminó por desanimar a mi padre, que guardó su violín en el estuche y lo escondió encima de un mueble durante años. Algo debía haber de hereditario en aquella vocación, sin embargo, porque en torno a los doce años se me metió a mí en la cabeza aprender violín. Orgulloso, mi padre me matriculó en el Conservatorio y sacó el violín de su escondrijo. Lo que me contó parecía una leyenda: de joven se lo había comprado a un gitano que había pasado un día por su aldea de Piñeiro. «Es un Steiner. Tiene el nombre grabado a fuego», me dijo con misterio. Y me enseñó el «Steiner» en el lomo, con una caligrafía que a mí me pareció más la del gitano que la de Steiner, pero no dije nada. En todo caso, como era un violín tan valioso, a mí me compró otro en Bazar El Arco Iris, que me gustó más porque era nuevo y olía a barniz.

Como tantas veces, lo que parecía vocación era equivocación. Una cosa es el amor a la música y otra el talento. Nunca logré sacarle a aquel violín un sonido que no fuese una imitación casi perfecta del maullido de un gato al que están desollando. Aquello era una tortura. Tocar mal un instrumento no es nunca agradable, pero ninguno castiga tanto al mal intérprete como el violín, en el que se pone el oído directamente sobre la caja de resonancia. Irónicamente, se repetía la historia: ahora era yo el que me iba desanimando al ver la cara que ponía mi padre cuando rascaba las cuerdas con el sonido de un serrucho. Él no lloraba, pero casi.

Al final, fue el propio violín el que decidió poner fin a aquel sufrimiento mutuo. Un día, queriendo imitar al gran Tartini y su famoso «trino del diablo», le di tan fuerte a las cuerdas con el arco que el puente saltó en pedazos. Me quedé sumido en la desesperación porque pensaba que aquel violín tenía que haber sido carísimo (no era el caso). Me sentía tan avergonzado que no dije nada. Dejé de asistir a las clases del Conservatorio. Me pasaba toda la hora dando vueltas a la muralla de Lugo, entonces un lugar oscuro y un tanto siniestro, pero donde no me iba a encontrar con nadie conocido. Aquel vagabundear en el frío y la noche era mucho más incómodo y aburrido que ir a clase, pero yo lo entendía como una penitencia. Hasta que un día llamaron del Conservatorio para avisar a mis padres de que llevaba semanas sin ir por clase. No tuve más remedio que abrir el estuche del violín y mostrar que estaba roto. Para mi sorpresa, ni siquiera me riñeron. Recordándolo ahora, creo que incluso reaccionaron con alivio.

El caso es que estas Navidades pasadas, ordenando cosas en casa de mi madre me encontré con nuestros dos violines. Metidos en sus estuches, parecían momias del Antiguo Egipto en sus sarcófagos, y realmente tuve la impresión de que hubiesen pasado miles de años. El mío seguía roto, como una culpa. Abrí el de mi padre y busqué la marca a fuego. Allí estaba el nombre de «Steiner». Ahora sé que el gran fabricante firmaba sus violines a mano, con lo que puede que sea un auténtico Steiner, después de todo. En todo caso, aquel violín conservaba intacta la ilusión con la que lo había comprado mi padre soñando con ser un Jascha Heifetz. De hecho, ahora pienso que esa ilusión inicial debe de ser más intensa que el placer de tocar bien. Se me ocurrió que quizá podía afinarlo e intentar el «trino del diablo». Decidí que mejor no.