Estos días andaba circulando por las redes un eslogan que hacía entender el significado del 8M. El cartel, expuesto en un negocio, decía: «Si te felicita, ahí no es». Porque la festividad del 8 de marzo tiene poco de alegría, como bien explicitaba una humorista en un monólogo para expresar lo que nos sucede a las mujeres con ese día. «Es como si a los judíos los felicitasen en recuerdo del Holocausto», indicaba con mordacidad abriendo luz sobre una jornada que siempre está en entredicho. Más este año, en que la división política se ha hecho palpable. Pero lo que realmente preocupa es el mensaje que se le está dejando a las nuevas generaciones. Al día siguiente del 8M asistí perpleja a un debate en el que un grupo de adolescentes confesaban cómo cada vez eran más los chicos y chicas que veían a las feministas como «activistas violentas» a las que se les iba la olla con consignas extremas. Los jóvenes repiten muletillas que escuchan en casa, en los medios de comunicación y en las redes, perpetuando un mensaje que ha desvirtuado el trabajo en defensa de las mujeres. Y eso es lo peligroso. Que empañados por la neblina, los jóvenes se sumen a un antifeminismo (y en consecuencia, a un machismo) sin saber separar el grano de la paja. El feminismo, la defensa de la igualdad, no es producto de cuatro locas que salen a la calle para montarla. Ni son mujeres que odian a los hombres. Ni mujeres que se masturban y rechazan la penetración. Todo eso es ruido. El feminismo ahí no es.