Sostenía hace un tiempo la directora de cine Lena Esco, promotora del movimiento Free the nipple, que «el pezón es el caballo de Troya que revela los verdaderos problemas y desigualdades que hay en América». Trataba de buscar con esta teoría una explicación a la redundante obsesión que los dueños de Instagram y Facebook manifiestan por el pezón femenino, una manía sostenida gracias a la cual las areolas de las mujeres están prohibidas en estas redes mientras las de los hombres viajan por la nube sin carga semántica de ningún tipo. Por culpa de esa vocación censora patológica, la policía digital de Meta y su algoritmo husmean en todas las publicaciones para evaluar las intenciones de cada desnudo que se sube y concluir que las tetas de las chicas son siempre objetos sexuales que deben ser censurados, aunque en la foto la teta cortada esté amamantando a un bebé. Debaten a estas horas los dueños del asunto si esa prohibición debe ser levantada ahora que el género se reconoce fluido y justo cuando las revistas de tendencias registran el regreso de una moda que ya abanderaron nuestras madres en la segunda oleada feminista, a finales de los años sesenta: sostenes fuera y pezones libres.
La versión local de todo este asunto se vive estos días gracias a una foto de las ministras Belarra y Montero en la que la responsable de Derechos Sociales viste un suéter sin sujetador. La explosión de comentarios y el nivelón de los mismos demuestra que sobre el cuerpo de la mujer se sigue librando una batalla y que cincuenta años después de que mi madre tirara el sostén al campo hay quien sigue viendo corsés en lo que no es más que una prenda íntima que cada una puede usar o no. Según le plazca.