Es célebre el poema de Wordsworth, Oda a la inmortalidad, escrito en 1807 y que el cine popularizó en la melancólica película de Elia Kazan, Esplendor en la hierba, ganadora de un Oscar y protagonizada por Natalie Wood y Warren Beatty. Resuenan en algún lugar de mi memoria, que me conduce a los mas bellos recuerdos de mi lejana juventud, las palabras de la joven y desdichada protagonista cuando dice que «aunque nada pueda hacer volver la hora del esplendor en la hierba, de la gloria de las flores, no debemos afligirnos, porque la belleza subsiste en el recuerdo».
Y es ahora cuando todavía siento un extraño estremecimiento al escribirlas y viene hacia mí un paisaje de primavera con toda la luz de abril y mayo prendida en una esquina de la memoria y soy un joven que tiene toda la vida por delante y lo está contando desde una orilla de la vejez, que ya se ha aposentado en su cuerpo y en su vida.
Y por esa extraña sinergia de encontrar paralelismos desde las heladoras noches de un enero invernal que propicia similitudes, paso a los textos de Cicerón en su tratado sobre la vejez, De Senectute, y establece la síntesis, cuando enumera que la edad provecta impide hacer cosas (sic), debilita el cuerpo, priva de casi todos los placeres, y no se encuentra lejos de la muerte. Lo resume Cicerón mencionando a Enio y teorizando que «como el fuerte caballo que victorioso siempre en el último trecho en Olimpia, descansa ahora tranquilo, exhausto de vejez».
Pero dicho esto no puedo dejar de volver a hurgar en la belleza del recuerdo, de lo vivido cuando el mundo era una postal amable, una pieza en el puzle incompleto de la vida por venir.
Y el paso del tiempo, la fugacidad del tiempo, el clásico tempus fugit, nos enseñó a modular los recuerdos, a ir perfilando los bordes más nítidos de lo más bello para ir colocando en el álbum de lo vivido las luminosas estampas de cuando fuimos felices.
El esplendor en la hierba es nuestro regalo de un permanente cumpleaños, de una alegre alborada que nace cuando en la mañana alzamos la persiana de la alcoba y sale el sol, y se posa en el alféizar de un nuevo día.
El esplendor en la hierba es una tarde de verano sentado junto a ella, en el campo frente a un río, la tarde en que aprendimos a soñar.
El esplendor en la hierba es saber que el mañana está ahí mismo, a las puertas de la inmortalidad, como en el poema, oculto, en «la gloria de las flores» donde subsiste la belleza en el paso del tiempo.