Tristán e Isolda

Xosé Ameixeiras
Xosé Ameixeiras ARA SOLIS

OPINIÓN

Alejandro Martínez Vélez | EUROPAPRESS

07 ene 2023 . Actualizado a las 05:00 h.

La música arranca en Tristán e Isolda, la ópera de Wagner, como un bosque movido por la brisa a orillas del Atlántico. Suena en Melancolía, un drama nórdico de ciencia ficción en el que Justine arruina su matrimonio en la mismísima noche de bodas mientras un planeta se dirige hacia la Tierra en un inminente choque destructivo sin solución. La deflagración final viene a ser como el preludio de que las vacaciones navideñas tornan a su fin y hay que volver a los pupitres, a la azada o al teclado del ordenador. Es fácil acostumbrarse a vaguear, pero la felicidad suele ser efímera. Y, a veces, hasta empalaga. También Danuta ha de volver a las aulas. Es un niño ruso-lituano que ha tenido que seguir a sus padres huidos de la barbarie. No sé quién dijo que la guerra es una de las enfermedades más crueles. Cuando es obligada, la vida errante te va dejando en el alma una niebla que impide asomarte al futuro con claridad. Como a Justine, en el filme, que decía arrastrar un ovillo de lana gris que se le envolvía en las piernas y le hacía imposible avanzar. De todos modos, y a esto iba, el rapaz pudo ver con sus ojos claros como pasaban los Reyes Magos en unas carrozas cargadas de coloridos artificiales y artilugios de baratija que iban llenando las calles de una alegría como impuesta por decreto. Una algarabía contagiosa que carga a los pequeños con la ilusión de ver el maná de la opulencia al pie de la ventana. La sonrisa de la abundancia ante un cuarto lleno de juguetes. Tal vez muchos de los Danutas de este mundo hayan tenido la suerte de hallar un peluche junto a sus zapatos por la misericordia de una entidad benéfica. Aun así, posiblemente prefiriera un hogar asentado en la paz y la concordia. El sueño de ser libre entre los tuyos.