Anuncia la red social más usada que inicia las pruebas para que sus usuarios se puedan mandar mensajes a sí mismos, en lo que será un nuevo bucle digital para que ya ni siquiera necesitemos tener a alguien al otro lado con quien conversar. Hay una lista de supuestas ventajas que justifica este nuevo peldaño hacia esta sociedad ensimismada en la que dos amigos quedan para mantenerse pegados a sus pantallas sin hablar ni mirarse a la cara; y otros dos evitan conversar por teléfono en directo y prefieren una cadena de mensajes de voz grabados que el interlocutor escucha antes de grabar el suyo, y así hasta el infinito y más allá, en uno de los giros más absurdos que ha dado la tecnología.
Lo de chatear con uno mismo podría ser una nueva versión del autoenvío de flores, una retorcida estrategia de autoestima que no lo es por el envío en sí, sino por el efecto que produce en quien asiste a la recepción y elucubra sobre la identidad de quién remite y más aún sobre los motivos que ocultan esas flores. Una persona con un ramillete de gardenias por la calle es el inicio de una gran historia; lo saben todos los que se cruzan, sonríen y piensan qué ocultarán las gardenias. Siempre se sonríe a una persona que lleva flores.
Así que puede que haya quien piense en autoenviarse mensajes de WhatsApp programados para fingir una vida social que no tiene. Y como la autoría está controlada en origen, podrá regular a demanda el contenido y la calidad de esos wasaps. Si un día anda frívola pero perspicaz, se autoescribe una frase de Santa Mae West tipo «he perdido mi reputación, pero no la echo en falta»; si otro se siente profunda pero inextricable, se marca un Wittgenstein con aquello de «la forma en que empleas la palabra dios no muestra en quién piensas, sino lo que piensas». Un chollo.