La rebelión kurda que teme Irán

Yashmina Sawki CUARTO CRECIENTE

OPINIÓN

GAILAN HAJI | EFE

19 oct 2022 . Actualizado a las 11:05 h.

¿Qué tienen en común Irán, Irak, Siria y Turquía, además de su ubicación en Oriente Próximo? Pues su historial represivo, en algunos casos genocida contra los kurdos. Este pueblo que supera los 40 millones de habitantes, y cuyo territorio original, antes del desmembramiento del Imperio Otomano, se extendía por más de 500.000 kilómetros cuadrados, es decir, más o menos el tamaño de España, ha sido objeto de todo tipo de campañas de obliteración y de exterminio.

 La persecución de la que ha sido objeto se debe a diversos factores, como su ubicación geográfica, en las cordilleras de los Pontus, Tauros y Zagros, es decir, la frontera natural entre esos cuatro países y por lo tanto un emplazamiento de vital importancia estratégica; pero también porque, caso de que todos los kurdos se unieran para reclamar el control de su territorio, estos países verían mermada su extensión y se rompería el frágil equilibrio regional. Además, en el Kurdistán turco, nacen los dos ríos más importantes de la zona, el Tigris y el Éufrates, y en el iraquí se encuentran importantísimos yacimientos de petróleo cuyo control es de vital importancia económica. Y, por último, porque los kurdos siempre han rechazado ser fagocitados y que su cultura fuera eliminada.

Por eso, tanto Turquía como Irán califican los partidos que lideran la rebelión kurda en sus territorios como grupos terroristas, algo que también sucedía en el Irak de Sadam Huseín. Tras la invasión norteamericana de Irak en el 2003, los kurdos dejaron de ser considerados terroristas y alcanzaron la autonomía con el Gobierno Regional del Kurdistán. Sin embargo, ni Turquía ni Irán parecen aceptar esta realidad, de tal suerte que ambos países vulneran permanentemente sus fronteras bombardeando diversos emplazamientos con la excusa de perseguir a los terroristas.