Puertas al hambre

Yashmina Shawki
Yashmina Shawki CUARTO CRECIENTE

OPINIÓN

A.Carrasco Ragel | EFE

07 jul 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Del 23 al 26 de junio se celebró en Bilbao el XXXI Congreso de la Asociación Mundial de Historia, bajo el título Distancia, movilidad y migración, organizado por la World History Association y la Universidad del País Vasco. En las decenas de paneles, en los que participaron historiadores de todo el mundo, se analizaron y debatieron diversas vertientes relacionadas con los movimientos que la raza humana lleva realizando desde el comienzo de los tiempos. Aunque fue materialmente imposible asistir a la mayoría de ellos, la presentación de un libro sobre el denominado Síndrome de Ulises, en traducción libre y muy simplista morriña, nos hizo reflexionar a los asistentes sobre la dura realidad que afrontaron los emigrantes españoles desde el último tercio del siglo XIX en su búsqueda de un futuro mejor en tierras lejanas. Pero también nos recordó que el desarraigo, la soledad, la imposibilidad de comunicarse con otros congéneres, sobre todo de aquellos que se desplazaron a países de lengua no hispana, traducido en depresiones y serios problemas de salud, incluidos los mentales, son cuestiones que siguen de actualidad.

Y es que coincidió este congreso con un nuevo asalto masivo a la valla de Melilla, que se saldó con la muerte de al menos 23 personas y más de 100 heridos. Un poco antes, el macabro descubrimiento del tráiler de un camión en San Antonio, en EE.UU., donde más de cincuenta emigrantes ilegales mexicanos, guatemaltecos y hondureños hallaron una muerte espeluznante. Todas estas migraciones tienen características diferentes y peculiares, pero también comparten factores que conviene no olvidar. Desde la causa, generalmente la falta de expectativas de futuro; pasando por los que se benefician de la desesperación ajena, es decir, las mafias que transportan y engañan a estos incautos con promesas de una vida en plenitud; hasta la incapacidad de los gobiernos de origen para solucionar los problemas estructurales que ocasionan tal pobreza. Pero lo peor es que este fenómeno, lejos de reducirse, a la vista de la inflación, la escasez de cereales y las sequías, tiene visos de empeorar. Porque nadie puede poner puertas al hambre.