Resulta que los churros los inventaron los chinos y fueron mercaderes portugueses quienes conocieron el youtiao (una tira de masa frita que se sirve de desayuno) y nos lo contaron. Algunos dicen que son árabes. Al ser fritos, la calidad del aceite es una variable determinante para conseguir un buen churro. Los churros comenzaron a popularizarse en Cataluña, fritos en el excelente aceite de arbequina que usan en esa tierra.
Pero somos el país del oro líquido y no es de extrañar que los churros hayan conquistado todo el territorio; de hecho, cada provincia tiene sus variedades y rivalidad entre diferentes churrerías.
En A Coruña conviven dos joyas que dividen al personal entre timones y bonillas. Parece mentira que un producto así de sencillo —harina, agua, aceite y sal— pueda admitir tantas interpretaciones.
Un amigo churrero me contó un día que la clave estaba en el troquel, es decir, en el corte de la masa que produce el troquel al pasar por la manga antes de zambullirse en una piscina de aceite nuevo. El dibujo del troquel, su grosor y longitud, es el que hace que la masa se impregne mejor en el aceite y esté más o menos esponjosa.
Una manga de churros mal troquelada hace churros como rosquillas de feria, compactos y densos. Conforme aumenta la forma y el tamaño del troquelado de las mangas, aumenta la esponjosidad y el sabor.
Bonilla y El Timón son dos campeones que juegan en ligas distintas y no son comparables. El tamaño y grosor son distintos, los de El Timón son de dos bocados y los de Bonilla de tres; los de El Timón, de docena, y los de Bonilla de media; los de El Timón quieren más al chocolate y los de Bonilla al café con leche, y ambos resultan exquisitos a pelo con un poco de azúcar.
Gloria pura.