Europa: una cosa llevó a la otra...
OPINIÓN
Decía Jürgen Habermas que el desarrollo de la conciencia europea es más lento que el avance de la realidad concreta. Hoy día, la maquinaria de la UE afecta la cotidianidad de todo hijo de vecino, pero la construcción de esa identidad europea parece haberse quedado a medio camino y hace peligrar el sueño de Adenauer, Schuman, De Gasperi y Monnet, ideado para coartar belicismos.
Como cuando busca uno poco más que sexo y acaba contrayendo matrimonio, una cosa llevó a la otra y aquel acuerdo de conveniencia se convirtió en una maraña de ataduras —algunas fruto de la volición, las que más de la inercia y otras del no querer desentonar— difícilmente disoluble. Los contrayentes resultaron no ser almas tan gemelas como el enamoramiento de las nupcias sugería. En la Europa de hoy en día, mujeres escandinavas exuberantes toman la iniciativa para ganarse los favores del hombre que les place, mientras que a las más de las sureñas, ni una cultura de feminismo subrayado en fosforito ha conseguido empoderar lo suficiente para desvestirse del casposo trasfondo histórico de guardar las apariencias; unos países ya cenan cuando en la vecinanza meridional se apuran todavía cafés de sobremesa; y holandeses de cualquier generación ven como lo más normal del mundo hacerse un go dutch con amigos de toda la vida, mientras que en las latitudes menos adineradas del continente allegados —o meros conocidos— se pelean por convidar en la barra del bar.
Difícil construir una conciencia europea cuando el norte mira al sur con condescendencia y los así observados tratan de arañar dineros septentrionales externalizando el paro con asientos de Ryanair e Easyjet llenos de jóvenes, mientras entienden para sus adentros «¿cómo no han comprendido allá arriba que el summum de la civilización es una conversación pausada entre amigos paladeando un buen vino?».
La heterogeneidad de las economías continentales tampoco ayuda a mitigar la actual inercia centrífuga del continente. Mientras que un luxemburgués medio genera unos 107.000 euros de riqueza al año, a un búlgaro le lleva más de una década hacer lo mismo en su Sofía, Varna o Plovdiv natal.
Los europeos nos diferenciamos incluso en la manera de utilizar los dineros públicos. Ejemplo simplón pero revelador es la diferente intensidad del alumbrado urbano a través del continente, que recuerda a aquellos vecinos de la aldea que iluminaban la casa con bombillas de 20 vatios frente a los más espléndidos, que lo hacían con luminarias de 100.
Por muchas medidas unificadoras que discurramos, mientras no percibamos la misma familiaridad en la mirada del camarero berlinés que nos trae el cortado que en la chica que lo hace en un bar del terruño o mientras amar a una pareja comunitaria sea harto más difícil que querer a una nacional, pocos visos tiene el continente de progresar hacia una identidad y una conciencia europeas que hagan sostenible el artificio formal que voluntades de hierro hicieron germinar como fruto necesario.