Los nombres de los cines

Miguel-Anxo Murado ESCRITOR Y PERIODISTA

OPINIÓN

Ed

20 may 2022 . Actualizado a las 21:07 h.

He visto en la Gran Vía de Madrid que van a transformar el viejo Cine Rex en un espacio comercial. Hace unos quince años que cerró esta sala histórica, pero de momento seguía en el limbo de los permisos de rehabilitación, con su fachada mancillada por las pintadas pero todavía presidida por su nombre, al que las letras se le han ido cayendo a pedazos. La R se ha convertido en una P y la E en I. El Rex, que durante un tiempo estuvo especializado en películas de miedo, parece ahora el decorado de una de ellas. Cuando quiten ese cartel, pensé, será cuando desaparezca del todo, porque las salas cinematográficas de la era dorada eran en gran parte sus nombres, esos nombres tan característicos que constituían un subgénero dentro de la categoría del nombre comercial.

A través de los nombres de las salas uno podría incluso hacer una historia del cine y su consideración social. En los primeros tiempos, en los que la cinematografía era todavía un humilde espectáculo de feria, las salas llevaban nombres como los hace largo tiempo desaparecidos Teatro Circo de Lugo o el Palacio de la Ilusión de Vigo, al que, literalmente, el viento se llevó (lo derribó un vendaval). Luego se quiso dignificar lo que se empezaba a llamar Séptimo Arte, y proliferaron nombres que lo asociaban al teatro (Rialto) o de inspiración greco-romana (Coliseo, Olimpia, Odeón, Apolo). Pero el cine era también evasión, el turismo de los pobres, y de ahí que muchos adoptasen los topónimos de los destinos vacacionales de las clases pudientes de los años treinta: Venecia, Lido, Nápoles, Tívoli, París… O la playa de Kursaal, como el cine que había al lado de mi casa en Lugo. Las propias salas se convirtieron conscientemente en lugares lujosos, con suelos de mármol, acomodadores con uniformes de botones dorados y grandes arañas de luces colgando de los techos. Los nombres invocaban también esa idea del hotel de lujo (Capitol, Astoria, Carlton, Savoy) o la del palacio (solo en Sevilla, estaban el Regina, el Palacio Central, el Imperial y el Emperador). Pero el cine también aportó nombres a partir de su propia mitología, como Cine Roxy (lo hubo en Madrid, en Barcelona, en Valladolid, en Alicante, en Vigo). Roxy era el apodo del famoso Radio City de Nueva York, una de las salas más lujosas que hayan existido, el equivalente cinematográfico de una catedral gótica, si entendemos gótico no como un período sino como un exceso.

La mayor parte de los cines que llevaban esos nombres ya han desaparecido. Y también su muerte y transfiguración nos cuenta algo sobre cómo ha ido cambiando nuestra fantasía, nuestra idea del ocio o nuestra sociedad: muchas salas se transmutaron primero en bingos o en sucursales bancarias, luego en tiendas de ropa y supermercados. Últimamente veo que, cerrados los bingos y las sucursales bancarias, se transforman en gimnasios de esos con escaparate, que son, en cierto modo, también salas de exhibición, en este caso del yo. Escudriño las fachadas y a veces encuentro que quedan restos del nombre del viejo cine que hubo allí, aunque sea tan solo la marca oscura que dejaron las letras sobre la piedra. En ocasiones, está incluso el nombre entero, baqueteado por la intemperie; como en el Cine Rex. Me dio pena cuando lo cerraron, como me ha dado pena cada vez que han ido cerrando, uno por uno, todos los cines de mi infancia. Entiendo que es inexorable, porque todo cambia. Y me dará pena cuando desaparezca el nombre del Cine Rex de su fachada. Porque el nombre es la mitad de la cosa, y, en el caso de las salas de cine, la mitad de la magia.