La escalinata de Odesa

Miguel-Anxo Murado
Miguel-Anxo Murado VUELTA DE HOJA

OPINIÓN

ED

17 abr 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

La televisión mostraba imágenes de distintos lugares de Ucrania, algunos de ellos pisoteados por la guerra, otros esperando en silencio su llegada. Aunque no duró más allá de un par de segundos, reconocí entre esas imágenes un plano de la escalinata de la hermosa ciudad de Odesa. Es inconfundible. Esa escalinata se construyó en el siglo XIX para salvar la diferencia de altura que hay entre la ciudad y su puerto. Los arquitectos que la diseñaron introdujeron un trampantojo, una ilusión óptica. Si uno se coloca en lo alto de las escaleras, solo ve los descansillos, con lo que parece que se puede llegar al mar sin esfuerzo. Si uno se sitúa, en cambio, mirándola desde abajo, tan solo una muralla de escalones que inspiran desánimo. La obra se completó bajo la supervisión de un ingeniero inglés en arenisca gris verdosa traída en barco desde Trieste. Pero fue una mala elección: esa piedra delicada se erosionó tan rápido que luego hubo que sustituirla por granito gris rosáceo y asfaltar los descansillos. Ocho escalones se perdieron bajo la arena cuando se extendió el puerto, y así se quedó en 192 con diez descansillos. Los conté cuando la pisé yo hace algunos años. Me había hecho ilusión bajar por ella, porque, como saben todos los amantes del cine, esa escalinata ocupa un lugar mítico en la historia del séptimo arte. Son esos los escalones que aparecen en el clásico de Serguéi Eisenstein El acorazado Potemkin. Cuando estuve allí, me quedé sentado en el último escalón, con la ciudad a mis espaldas, y mirando al Mar Negro me recité a mí mismo los famosos versos de Espronceda, porque, precisamente, Asia estaba a un lado, al otro Europa, y allá al frente Estambul.

Peregrino literario siempre, sobre todo buscaba yo en aquella ciudad el rastro de los Cuentos de Odesa del gran Isaac Bábel, cuyos relatos leí tantas veces de joven que llegué a memorizar páginas enteras. Sus personajes ya no estaban, borrados por el paso del tiempo y el crimen del Holocausto, pero permanecían sus fantasmas y sus huellas: aquí el rasgueo patético de un violín a través de una ventana abierta, allí lo que parecía una conversación lejana en yidis, el pregón de los niños de la reventa frente al maravilloso teatro de la Ópera… Se diga lo que se diga, de la literatura siempre queda algo en todas las ciudades. Y sobre todo en Odesa, que siempre fue una urbe de pintores, actores teatrales y poetas; una ciudad para ser retratada y descrita: el olor a madrugada de las panaderías de los griegos, el aroma a naranja que flota en las calles por la mañana junto al gran mercado decorado por gigantescos murales con campos de trigo, sus cafés y sus terrazas; el Bulevar Primorsky con su Hotel Londonskaya; y sus edificios neobarrocos hechos en la caliza local, blancos, elegantes y un tanto desvencijados, como ancianas condesas empolvadas de una novela de Tolstoi.

También, por supuesto, su famosa escalinata. Como se sabe, en esa escena mítica de El acorazado Potemkin, los soldados rusos van bajando las escaleras de forma lenta y metódiga, como una máquina, abriendo fuego contra unos manifestantes desarmados que caen desordenadamente por los escalones, abatidos por los disparos o tratando de huir de ellos. Por eso, al reconocer la escalinata ayer en televisión, inevitablemente se me vino a la cabeza esa escena, como un mal sueño. Y deseé con todas mis fuerzas que no se convirtiese en una premonición. Porque estos días la bella Odesa, la joya del Mar Negro, contiene la respiración mientras espera para saber si la guerra decide visitarla una vez más.