En las memorias que publicó en el año 2019, Mariano Rajoy explica qué hizo durante el rato en el que España estuvo presidida por el bolso de Soraya Sáenz de Santamaría. Aquella comida que duró ocho horas en el restaurante Arahy fue un colofón explícito al tipo de político que era Rajoy. Sabía que la moción de censura iba a prosperar y prefirió la intimidad confortable de un bar sin apenas cobertura y una comida de sobremesa interminable que el ruido de sables que se libraba en el Congreso, con el maletín de Loewe de la vicepresidenta bien pertrechado en su escaño.
Visto con el tiempo, cualquiera desearía una salida como aquella de Rajoy. Puede que en estas horas piense en ella su sustituto al frente del partido, porque, visto desde hoy, cualquiera temería una salida como la de Casado.
Para quien nunca militó en un partido político, hay demasiadas cosas misteriosas en el funcionamiento de estas organizaciones humanas. Puede que la más perturbadora sea la dinámica interna por conseguir el poder y la crueldad con la que se desprenden de quien ya no les resulta útil. Estremece el refinado olfato que han desarrollado para detectar un cadáver incluso antes de que el muerto sepa que lo está. E inquieta la facilidad con la que se acometen y se olvidan las traiciones, con la que se picotean las lealtades, el rey ha muerto viva el rey. Dirán que tiene que ser así, que lo demás es un ejercicio de ingenuidad intolerable, pero cuando el tachán, tachán sobreactuado del himno se apaga y al partido se le ven los huesos es inevitable sentir un estremecimiento. Algo muy poderoso tienen que ofrecer a cambio a sus soldados, porque de esa crueldad que se intuye en la gresca interna cualquiera querría permanecer alejada. Qué medo.