Los gallegos tenemos una relación casi mística con el mar. Llevamos milenios viviendo en sus orillas, oteando su horizonte para llegar a nuevos destinos y surcándolo para alimentarnos. Pero el mar, generoso y hermoso, también puede ser muy cruel. Impredecible, tanto puede garantizar una plácida travesía como convertirse en una pesadilla infernal. Eso lo saben muy bien los marineros. Cada vez que se embarcan, en su corazón anida la esperanza de una buena captura que les permita vivir con dignidad, pero también el temor a ser engullidos por el infinito azul.
Los barcos de hoy en día son más seguros, no tanto como nos gustaría, pero bastante más que hace unos años, cuando se sucedían las noticias sobre los hundimientos. La tecnología permite controlar mejor la posición de los buques y los marineros están más preparados. ¡Pensar que en tiempos había marineros que no sabían nadar! Sin embargo, no siempre es posible evitar los accidentes. Eso lo saben muy bien las viudas y huérfanos del mar.
Por eso hieren, quienes, por desconocimiento, consideran que el trabajo del marinero es fácil y relajado. Basta con poner rumbo a los bancos de pesca, echar las redes, recogerlas y organizar la captura. Pero no consideran los largos días, semanas o meses de viaje, compartiendo muy poco espacio con pocas personas y muy lejos del hogar. No tienen en cuenta los días de tormenta, cuando los barcos se convierten en cáscaras de nuez flotantes y no hay dónde agarrarse. Desconocen la frustración cuando los peces no aparecen. Ignoran lo que supone la distancia. Hasta que sucede una tragedia como la del Villa de Pitanxo.
Y, entonces se hace el silencio, solo roto por el llanto de las familias que han perdido a algún ser querido y no saben si van a poder iniciar el duelo enterrando un cuerpo o no. Porque el silencio doliente y respetuoso es lo único que podemos ofrecerles, junto con nuestro afecto y solidaridad. El mar se lleva lo que quiere y a nosotros nos toca llorar.