Me piden que escriba sobre el naufragio del Villa de Pitanxo. El tributo en vidas humanas abonado en aguas de Terranova, otro espantoso episodio de nuestra tragedia a plazos. Y me resisto: el depósito de palabras o argumentos para construir un comentario está vacío. Pero tampoco encuentro alternativa: los otros asuntos que nos ocupan y preocupan, el reparto de los fondos europeos o la resaca electoral en Castilla y León, el dilema de guerra o paz en Ucrania o los coletazos de la pandemia, de repente se han empequeñecido en nuestro corazón gallego. Hay veintiuna familias golpeadas en O Morrazo y Galicia entera está de luto.
El problema para enhebrar este artículo reside en la imposibilidad de racionalizar la tragedia. Sucedió porque sí. Todo estaba en orden y no hubo fallos. El buque era nuevo y moderno, botado en un astillero de Vigo en el 2004. El patrón, uno de los tres supervivientes, capaz y experimentado. La solidaridad de otros barcos que faenaban en la zona, pronta y pródiga. Los servicios de rescate canadienses acudieron con rapidez e impotencia al lugar del naufragio. No hay culpables, solo fatalidad. Y, en consecuencia, tampoco existe terapia para el dolor. Ni siquiera el analgésico de la maldición o la blasfemia.
Existe, desde tiempos remotos pero potenciada por la literatura y el cine, una visión fascinante del mar y su ribera trágica. Una mezcla misteriosa y subyugante de vida y muerte. El mar benefactor y el mar criminal. El comandante Cousteau, explorador de océanos, se mostraba «absolutamente cautivado por el ambiente de un naufragio»: explosión de vida —peces y plantas— que hallaba en los pecios. Pessoa escribió que «haber estado en un naufragio es algo bello y glorioso», pero matizaba a continuación: «Lo peor es que hubo que estar allí para estar allí».
Pero sospecho que esa imagen romántica pertenece, casi en exclusiva, a los que nacimos tierra adentro, descubrimos el mar a través de Moby Dick y contemplamos la puesta de sol desde la orilla. Para los marineros gallegos de Cangas o de Camariñas, de Ribeira o de Celeiro, el mar es toda su vida y su medio de vida. Del mar conocen perfectamente su generosidad y sus bancos.
También sus caprichos, iras y traiciones. Espléndidas o raquíticas mareas y naufragios funestos. Saben que para ganarse la vida se juegan la vida. Su oficio es de alto riesgo. Y lo asumen, tal vez porque ya no queda casa de marinero sin días de luto, con un temple o resignación admirables. No hay plañideras en nuestras costas. Los supervivientes seguirán viviendo porque, entre desgracia y desgracia, se intercala el naufragio de la memoria. Una cuña de amnesia, a modo de bálsamo momentáneo, para superar el dolor, pasar página y seguir adelante.
Veintiún marineros gallegos, aunque al parecer siete nacieron en Perú y Ghana, perdieron la vida o han desaparecido en las aguas gélidas de Terranova, donde abundan el fletán y el bacalao. Un golpe de mar nocturno y alevoso tumbó su embarcación y la hundió en el océano. No hay culpables, solo dolor.