No hay culpables, solo dolor

Fernando Salgado
Fernando Salgado LA QUILLA

OPINIÓN

MG

Me piden que escriba sobre el naufragio del Villa de Pitanxo. El tributo en vidas humanas abonado en aguas de Terranova, otro espantoso episodio de nuestra tragedia a plazos. Y me resisto: el depósito de palabras o argumentos para construir un comentario está vacío. Pero tampoco encuentro alternativa: los otros asuntos que nos ocupan y preocupan, el reparto de los fondos europeos o la resaca electoral en Castilla y León, el dilema de guerra o paz en Ucrania o los coletazos de la pandemia, de repente se han empequeñecido en nuestro corazón gallego. Hay veintiuna familias golpeadas en O Morrazo y Galicia entera está de luto.

El problema para enhebrar este artículo reside en la imposibilidad de racionalizar la tragedia. Sucedió porque sí. Todo estaba en orden y no hubo fallos. El buque era nuevo y moderno, botado en un astillero de Vigo en el 2004. El patrón, uno de los tres supervivientes, capaz y experimentado. La solidaridad de otros barcos que faenaban en la zona, pronta y pródiga. Los servicios de rescate canadienses acudieron con rapidez e impotencia al lugar del naufragio. No hay culpables, solo fatalidad. Y, en consecuencia, tampoco existe terapia para el dolor. Ni siquiera el analgésico de la maldición o la blasfemia.

Existe, desde tiempos remotos pero potenciada por la literatura y el cine, una visión fascinante del mar y su ribera trágica. Una mezcla misteriosa y subyugante de vida y muerte. El mar benefactor y el mar criminal. El comandante Cousteau, explorador de océanos, se mostraba «absolutamente cautivado por el ambiente de un naufragio»: explosión de vida —peces y plantas— que hallaba en los pecios. Pessoa escribió que «haber estado en un naufragio es algo bello y glorioso», pero matizaba a continuación: «Lo peor es que hubo que estar allí para estar allí».

Pero sospecho que esa imagen romántica pertenece, casi en exclusiva, a los que nacimos tierra adentro, descubrimos el mar a través de Moby Dick y contemplamos la puesta de sol desde la orilla. Para los marineros gallegos de Cangas o de Camariñas, de Ribeira o de Celeiro, el mar es toda su vida y su medio de vida. Del mar conocen perfectamente su generosidad y sus bancos.

También sus caprichos, iras y traiciones. Espléndidas o raquíticas mareas y naufragios funestos. Saben que para ganarse la vida se juegan la vida. Su oficio es de alto riesgo. Y lo asumen, tal vez porque ya no queda casa de marinero sin días de luto, con un temple o resignación admirables. No hay plañideras en nuestras costas. Los supervivientes seguirán viviendo porque, entre desgracia y desgracia, se intercala el naufragio de la memoria. Una cuña de amnesia, a modo de bálsamo momentáneo, para superar el dolor, pasar página y seguir adelante.

Veintiún marineros gallegos, aunque al parecer siete nacieron en Perú y Ghana, perdieron la vida o han desaparecido en las aguas gélidas de Terranova, donde abundan el fletán y el bacalao. Un golpe de mar nocturno y alevoso tumbó su embarcación y la hundió en el océano. No hay culpables, solo dolor.