La locura de Aridane

Juan Ramón Vidal Romaní GEÓLOGO. CATEDRÁTICO EMÉRITO DE GEOLOGÍA DE LA UDC

OPINIÓN

Ticom Soluciones

22 dic 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Llegado el epílogo, temporal, de la erupción de Cumbre Vieja (La Palma), debemos recapitular, especialmente antes de que se vuelva a poner en marcha el volcán. Primero, porque desde un punto de vista geológico la erupción que ha terminado ahora es la misma que hace 50 años estuvo activa durante dos meses. Si estudiáramos la actividad volcánica de la isla de La Palma, dentro de 1 millón de años un geólogo que datara las coladas con cualquier método posible (U/Th, O.S.L, 21Ne, etcétera) asumiría como error instrumental del método los 50 años transcurridos entre ambas erupciones. Geológicamente, la actividad volcánica sigue viva en La Palma y hará falta algún milenio sin actividad para declararla finalizada. Esto implica que los responsables del Gobierno canario deben tener mucha prudencia a la hora de autorizar el nuevo uso del territorio, porque el volcanismo sigue ahí.

Viendo los efectos de los últimos 80 días de erupción concluimos que la ocupación previa del territorio fue hecha con imprudencia rayana en el descuido criminal. Cualquier mapa de la situación de los Llanos de Aridane previos y posteriores a la erupción pone en evidencia la falta de planificación del uso de un terreno, punteado como una mariposa de colección entomológica, por los alfileres de los conos de cinder activos en época histórica que indicaban claramente la actividad volcánica del último medio siglo. Fue sobre una llanura formada por coladas de lava donde se permitió instalar no solo cultivos de plátanos y aguacate, sino mezclarlos desordenadamente con casas, poblados, conducciones eléctricas, de agua y obras de fábrica. De haberse separado viviendas de campos de cultivo los daños, aun siendo cuantiosos, no habrían afectado de una forma tan brutal a la población, que se ha visto privada a la vez de hogar y medio de trabajo.

Otra observación es la de que las viviendas se han construido como si lo más que pudiera esperarse del cielo era lluvia; nieve, a estas latitudes y altura sobre el nivel del mar, era altamente improbable. Pero los arquitectos canarios aparentemente no habían previsto las lluvias de piroclastos que han cubierto los techos de las viviendas, que, de tener inclinaciones similares a las de las casas de zonas alpinas para impedir la acumulación de nieve, hubieran ahorrado riesgos personales e hundimiento de techos por el exceso de peso en cuanto comenzó a caer ceniza volcánica.