Alguien ha muerto y el miedo al spoiler es tan alargado como la sombra de Samantha. Han pasado ya demasiadas horas en este Whitechapel virtual en el que la niebla no impide la visión, sino que la agudiza. Y cada titular bienintencionado es una pieza en un puzle que bajo ningún concepto debe ser encajada. Hay un destripador en cada feed, en cada scrolling, en cada web, en cada destello del encendido de la pantalla. Y ya ni siquiera las conversaciones de café son seguras. En cualquier momento, ataca.
La agonía se eterniza. Son dos capítulos, demasiados días de retraso y la continua sensación de que la siguiente historia de Instagram será la que arranque el efecto dominó. El inicio de una muerte anunciada. Un spoiler involuntario del retorno de una serie que nunca llega tarde, no importa lo que la premiere se retrase. Cuatro amigas que son tres y lo que la madurez significa en medio de una pandemia ya casi más informativa que sanitaria.
No, todavía no he visto el regreso de Sexo en Nueva York, pero hay en mi interior una sensación incómoda de que me han destripado el arranque a través de tres titulares de lectura involuntaria. Y en mi mente vuelve a posarse con garras afiladas el recuerdo doloroso de aquella mañana en la que con una conversación intrascendente que revoloteaba en el camino que separaba la panadería de casa, una pareja me destripó (como asesinos sin una pizca de piedad) que Jon Snow moría, pero que tranquilos, que acto seguido resucitaba.