Carreteras, ¿para qué?

Javier Armesto Andrés
Javier Armesto CRÓNICAS DEL GRAFENO

OPINIÓN

Dos en la carretera es una de mis películas favoritas. El argumento de este largometraje sin argumento es la vida misma a través de las vicisitudes de una pareja, primero dos desconocidos, luego novios, después matrimonio y otra vez dos desconocidos... Compañeros de viaje a bordo de un vehículo que unas veces les lleva juntos y otras por separado. El viaje de Joanna y Marcus —Audrey Hepburn y Albert Finney— no es solo metafórico: a lo largo del filme se suben a bordo de diversos automóviles que, como la vida misma, pueden ser austeros o lujosos, alegres o aburridos, placenteros o incómodos, pueden ir sobre ruedas o acabar accidentados. Por ahí pasan el Alfa Romeo Giulia 1600 Sprint, el Austin A55 Cambridge MkII, el Bentley S1, el Citroën 2 CV, el Ford Country Squire, el Mercedes-Benz 230 SL (W113), el MG TD de 1950, la mítica furgoneta Volkswagen Microbus Type 2 T1...

El coche ha sido una de las grandes revoluciones del siglo XX. Como instrumento transformador de la sociedad, impulsor de la clase media, dinamizador de la economía. Y como adelanto tecnológico. Cuando escucho a gente que habla del vehículo de combustión como algo atrasado o del pasado, solo puedo sonreír. El motor de explosión ha sido y es alta —altísima— tecnología; una obra de arte de la ingeniería, complejísima, precisa, con miles de piezas y componentes que trabajan sincronizados. Ha evolucionado hasta alcanzar un nivel de prestaciones, fiabilidad y eficiencia inimaginables hace 120 años. A su lado, el coche eléctrico no es nada.

Ahora han decidido que el automóvil privado está en el escalón más bajo de la «pirámide de prioridades», que hay que desterrarlo de la ciudad y perseguirlo fuera de ella. Gastamos miles de millones al año en hacer y mantener carreteras para que circulen por ellas dos ciclistas charlando amigablemente uno al lado del otro. La automoción representa el 10 % del PIB y el 18 % de las exportaciones de nuestro país, y da trabajo a 583.000 personas. Pero se la quieren cargar. Porque contamina, dicen. El 40 % de las emisiones globales de CO2 las genera la construcción y el uso de los edificios en los que vivimos, trabajamos o estudiamos. ¿Volvemos a la cueva?