Cuando derogar es derogarse

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

Mariscal | Efe

06 nov 2021 . Actualizado a las 10:18 h.

La gran lección política de esta semana que termina la dio el uso del verbo derogar. Pocas veces una sola palabra dio tanto de sí, estuvo en tantos discursos e inspiró tantos escritos. Llegó a ser un programa de gobierno, porque derogar la reforma laboral del 2012 era uno de los puntos del acuerdo de coalición. Pedro Sánchez lo incluyó en su discurso de investidura. Suscitó el ardor en el Congreso del Partido Socialista, cuando Pedro Sánchez anunció dos derogaciones: la de la mentada reforma laboral y la de la ley mordaza, técnicamente Ley de Seguridad Nacional.

Un escalón más abajo, su vicepresidenta Yolanda Díaz, que siempre había dicho que la reforma laboral no podía ser derogada, se vio arrastrada por la corriente, se puso al frente de la manifestación y consiguió que ese verbo fuese utilizado en el comunicado del Gobierno que ponía fin a la guerra civil entre la propia señora Díaz y Nadia Calviño. Como derogar era finalmente el objetivo de Yolanda Díaz, el triunfo era suyo: ¡había derrotado a Calviño! Pero pasaron un par de días y de todo aquello no queda nada. La señora Díaz vuelve a sus orígenes, la reforma laboral no se puede derogar, solo se debe cambiar en algunos aspectos, y el presidente se tiene que tragar sus entusiastas palabras en el congreso de su partido. Derogar es derogarse.

No voy a entrar en interpretaciones jurídicas. Solo quiero llamar la atención sobre su proceso. Lección primera: el jefe del Ejecutivo, señor Sánchez, ha dado una muestra clamorosa de frivolidad política. Al aceptar esa condición en el pacto de coalición con Podemos, demostró que, por ocupar la presidencia del Gobierno, firmaba lo que le pusieran delante. Después, por ganar el aplauso caliente de sus partidarios, se lanzó por la pendiente demagógica de decir lo que su público deseaba escuchar sobre la legislación política y laboral de Rajoy. Fue Sánchez quien desató la tormenta que abrió un cisma en su Gobierno.

Lección segunda, importante para este momento del país: el poder real, como pudo comprobar Pablo Iglesias desde dentro, está muy repartido y lleno de contrapesos. Aquí mandan organizaciones privadas, como las que representan a los empresarios. Mandan los mercados sin rostro, pero con intereses. Mandan los sindicatos, pero ya no pueden paralizar alegremente un país. Mandan los grupos de inversión, que pueden decidir el hundimiento de un país con solo tocar una tecla de ordenador. Manda Bruselas, que ahora, además, tiene por el mango la sartén de los fondos europeos. Y manda la opinión pública, que si retira su empatía a un gobierno, ese gobierno se acabó. Y si todo ese poder repartido es capaz de tachar una palabra, imagínense lo que querrán hacer si un gobierno se desmanda. Y algo le debieron decir a Pedro Sánchez, como en su día se lo dijeron a Zapatero. Y no creo que hayan sido ni los de Bildu, ni Rufián.