Hay que tener cuidado con la gente que cree en la existencia de mundos perfectos y en un método exacto para alcanzarlos. Si se les deja, montan enseguida un genocidio con quienes se nieguen a compartir su idea, con los que se atraviesen en el camino hacia su utopía. El mundo feliz de Hitler nunca compareció, pero sus locuras se llevaron por delante millones de personas. Decenas de millones en el caso de los comunistas. Sin contar, claro, presos y malheridos de diversa consideración, porque no cabían en las estrecheces del molde ideológico único y obligatorio. Ocurre lo mismo con los fundamentalismos, con el intento de ahormar la realidad social con máximas religiosas. La palabra fundamentalismo nació para designar algunos grupos cristianos de Estados Unidos que siguen haciendo daño, ahora también por toda Latinoamérica.
El sistema democrático, sin embargo, aspira a mucho menos. Asume que no somos copias en serie, idénticas, intercambiables. Tenemos, por tanto, concepciones e intereses distintos y, a menudo, enfrentados. Y la democracia se reduce a un conjunto de mecanismos, por supuesto imperfectos, para resolver las desavenencias, los desacuerdos. Cuando la democracia quiere imponer lo que debemos pensar sobre el sentido de la vida, traiciona su origen: la defensa de la libertad.
Por eso es tan importante mantener los contrapesos sin debilitar las instituciones, sin invadirlas. Por eso son tan importantes las leyes sobre educación. Y más, si pretenden imponer una visión del mundo que muchos no comparten. O las leyes sobre la vida y la conciencia. O sobre la familia. Si el legislador se excede, empieza el deterioro democrático. O se acentúa.
@pacosanchez