Todos los divorcios acarrean problemas, hasta los amistosos. La salida del Reino Unido de la Unión Europea, después de 48 años de convivencia -no exentos de conflictos- los seguirá causando a ambas partes durante bastante tiempo. El Acuerdo de Comercio y Cooperación, en el que se establecen las condiciones para la relación mutua después del brexit, dejó abiertos, o cerrados en falso, algunos asuntos que ahora muestran todo su potencial conflictivo.
Entre los temas aún pendientes de resolver, el de mayor interés para España es el encaje de Gibraltar, que no se incluyó en el acuerdo, y debe ser objeto de un tratado internacional específico, cuyo contenido deberá contar -por decisión de la UE- con el consentimiento previo de Madrid. El 31 de diciembre del 2020 el Reino Unido y España alcanzaron un acuerdo marco que prevé la inclusión de Gibraltar en el espacio Schengen, lo que implica la supresión de toda barrera física entre ambos territorios, y el traslado al puerto y aeropuerto del territorio británico de los controles fronterizos, que serán realizados por la Agencia Europea Frontex durante cuatro años, bajo la responsabilidad de España. Después de ciertas desavenencias entre la Comisión Europea y el Reino Unido, el 5 de octubre el Ecofin de la UE dio luz verde al mandato de las negociaciones, cuya primera ronda se programó en Bruselas para el 11 de octubre. La entrada en el espacio Schengen, y la consecuente aplicación de la legislación europea, acercarán sin duda Gibraltar a España más que nunca desde 1713.
Con la UE, el contencioso más importante de Reino Unido es el relativo a Irlanda del Norte. El premier británico, Boris Johnson, pretende ahora que se cambie el protocolo que él mismo firmó para evitar reconstruir la frontera intrairlandesa -lo que rompería los acuerdos de Viernes Santo y provocaría tal vez la vuelta de la violencia-, por el que la región norirlandesa se mantiene dentro del mercado europeo, lo que implica una frontera virtual entre esta región y el resto del Reino Unido al que pertenece. La Comisión Europea se muestra flexible en la aplicación, pero mantiene que el acuerdo es innegociable y que, si Reino Unido no cumple lo acordado, podría verse sujeto a sanciones que incluirían el establecimiento de cuotas y aranceles. Las negociaciones no han llegado hasta ahora a buen fin, la tensión aumenta y Londres amenaza con anular unilateralmente el protocolo, creando una grave crisis.
El brexit se fraguó en la ola de la Administración Trump, que favorecía cualquier movimiento que debilitara a la UE, y se basó -como han reconocido sus promotores- en mentiras y cuentas falsas, excitando el nacionalismo más burdo. Ahora el presidente de EE.UU. es Joe Biden, de origen irlandés, que no va a permitir que se pongan en peligro los acuerdos de Viernes Santo. Ni tampoco va a facilitar un tratado comercial favorable al Reino Unido en el que confiaban ciegamente los partidarios de abandonar la UE.
Prometieron a los británicos que, con la independencia, llegaría la prosperidad sin límites, el resurgimiento de Britania, potencia imperial. Diez meses después la realidad muestra un país con una inflación desbocada, una deuda pública histórica, impuestos más elevados, huida de inversiones, descenso del nivel de vida, trenes que no funcionan, sanidad colapsada y desabastecimiento de combustible y alimentos básicos, como consecuencia de la falta de mano de obra producida por el rechazo a aceptar trabajadores extranjeros. Probablemente el Reino Unido está ahora en la peor situación desde la Segunda Guerra Mundial.
Es difícil decir qué parte de esta situación corresponde a las consecuencias del covid o a la mala gestión de los últimos años, pero sin duda la causa principal, al menos del desabastecimiento, debe ser achacada al brexit. Boris Johnson sigue difundiendo optimismo: no pasa nada, todo va a arreglarse enseguida, el futuro es brillante. Pero la realidad es muy tozuda y lo cierto es que los británicos se enfrentan a un invierno muy duro. Y es que fuera de la UE hace mucho frío. Sería bueno que tomaran nota algunos gobiernos, como el polaco, y también aquellos que en nuestra propia casa propugnan aventuras disparatadas y extemporáneas.