Debate: ¿Por qué hay tanta escasez de microchips y qué se puede hacer para solucionarlo?

El covid puso patas arriba la economía. Occidente se dio cuenta de que no se puede tener "subcontratado" lo que es imprescindible. Los bajos salarios no lo son todo cuando, en medio de una pandemia, se quieren tener activas, entre otras, las fábricas de chips. Ante la escasez de circuitos integrados, ¿qué se puede hacer?

Las fábricas de automóviles no sirven producto porque no tienen chips. La culpa, de la pandemia y... de decisiones que pasaron por llevarse las plantas de microchips a países más competitivos en salarios. Dos expertos analizan la situación y ofrecen soluciones. ¿Tomaremos entre todos alguna decisión a favor de Europa, España y Galicia?


«Made in Galicia», ¿por qué no?

Normalmente no se ven, pero los chips están en el corazón de todos los productos que nos rodean. Se utilizan en más aparatos de los que creemos: lavadoras, frigoríficos, hornos programables, teléfonos móviles, televisores, ordenadores, equipos médicos, coches, etcétera. Un automóvil contiene, de media, unos 100 chips.

La pandemia aceleró la demanda de estos elementos. El teletrabajo obligó a mejorar las redes de los operadores, las domésticas o el número de ordenadores en las casas. Pero, además, los consumidores por el hecho de estar en sus casas han desviado sus gastos hacia los restaurantes, viajes, electrodomésticos nuevos, táblets, consolas de juegos.

Cuando la pandemia forzó a la industria del automóvil a cerrar temporalmente sus fábricas, los productores de chips reasignaron su capacidad a las empresas de teléfonos inteligentes, ordenadores, táblets o consolas de juegos. Luego, las ventas de automóviles se recuperaron más rápido de lo esperado y los fabricantes de vehículos respondieron intentando aumentar la producción. Pero se han quedado al final de la fila en las fábricas de chips, que no son capaces de producir más cantidad.

Aunque las compañías de EE.UU. lideran el mundo en desarrollo y ventas, la elaboración de circuitos integrados se concentra en Asia. En Taiwán y Corea del Sur se producen el 83 % de los chips para procesadores y el 70 % de los de memoria.

Si a este escenario le sumamos el incremento de la incidencia del covid durante el 2021 en estos países, que ha obligado a paralizar fábricas por falta de personal, tendremos la explicación de la «tormenta perfecta» de desabastecimiento mundial de semiconductores.

Su escasez tiene difícil solución a corto plazo, puesto que montar una planta implica una inversión de miles de millones de euros, que requiere de personal muy cualificado y con procesos extremadamente complejos. La fábrica más básica cuesta unos 15.000 millones de euros y su construcción duraría un año y medio, como mínimo.

China ha calificado la autosuficiencia de chips como una prioridad nacional y Joe Biden ha prometido construir una cadena de suministro estadounidense segura, reviviendo la fabricación nacional.

Europa no debe quedarse parada y debe recordar algo que parece haber olvidado hace tiempo: crear y mantener industrias estratégicas es vital. Sin una capacidad autónoma en microelectrónica, no habrá soberanía digital europea nunca.

La creación de fábricas de circuitos integrados conlleva innovación, tecnología, fuertes inversiones, empleo de calidad y, por supuesto, grandes ingresos.

Y cuando digo en Europa, ¿por qué no en Galicia? Tenemos buen silicio y mucho talento.

Autor Julio Sánchez Agrelo Decano del Colegio Oficial de Ingenieros de Telecomunicaciones de Galicia

La crisis de los chips y el café suizo

La «crisis de los chips», que ha provocado paradas de producción en el sector de la automoción en todo el mundo, tiene su origen en la reducción de la demanda durante 2020 como consecuencia de la pandemia. Los coches actuales llevan varios centenares de circuitos integrados para realizar diferentes funciones, que van desde las muy sofisticadas, como el «infotenimiento» de abordo, hasta las muy sencillas, como el medidor de temperatura exterior. La menor demanda coincidió con un colosal aumento, también debido a la covid-19, de las necesidades de chips para electrónica de consumo (PCs, consolas, etcétera), pero también para aplicaciones emergentes en inteligencia artificial o 5G. En consecuencia, las fábricas de chips (las llamadas foundries) reorientaron su producción a las nuevas demandas.

Las foundries suponen ahora el auténtico cuello de botella: los fabricantes de circuitos integrados, que antaño cubrían las tareas de diseño, fabricación, encapsulado y test, se fueron desprendiendo de las últimas y se especializaron en el diseño, muy intensivo en propiedad intelectual. La excepción es Intel, el mayor fabricante mundial, que mantiene integradas todas las tareas, pero que no fabrica para terceros. Al externalizar la fabricación, las economías de escala y las gigantescas inversiones necesarias han dejado muy pocas foundries (la mayoría asiáticas) con capacidad de producir grandes tiradas. Descontando Intel, cerca del 60 % de la capacidad de fabricación se concentra en la coreana Samsung y, sobre todo, en la taiwanesa TSMC.

TSMC se ha hecho con el mercado de chips de última generación que utilizan transistores de 5 nanómetros, tan pequeños, que se emplean láseres de «ultravioleta extremo» para, mediante la generación de plasma, producir fotones de las longitudes de onda empleadas en el proceso litográfico. Las máquinas de fabricación proceden de una empresa holandesa que solo elabora 25 al año; son tan sofisticadas que su precio unitario es de 130 millones de dólares. Y esto no es todo: fabricar un chip requiere de cientos de tareas muy especializadas y es uno de los procesos más caros del mundo. Por eso, dependiendo del tamaño, el coste de levantar una fábrica oscila entre 7.000 y 15.000 millones de dólares. Ciclópeas inversiones que han decantado un sector donde los ganadores se lo llevan todo.

Con la crisis, varios países -incluida la Unión Europea- han anunciado su intención de promover la construcción de foundries, pero hacerlo lleva varios años. Hasta entonces, el sector de la automoción, que se salió de la cola para regresar cuando esta se había atestado, tiene unos años duros por delante; la estrategia de apretar a los proveedores no va a funcionar, porque las foundries tienen garantizada la demanda desde otros sectores y con unos márgenes superiores.

Hace poco, el Gobierno suizo anunció su intención de levantar la obligatoriedad de almacenar café en casa, que tenía su origen en las incertidumbres del período de entreguerras, pero pronto abandonó la idea ante el rechazo popular. La crisis de chips actual es, sobre todo, el fracaso del otrora aclamado just in time; bien saben los suizos -y la hormiga de la fábula- que el just in case acaba siendo preferible. Por si acaso.

Autor Fernando Pérez González Catedrático del Departamento de Teoría do Sinal e Comunicacións de la Universidade de Vigo. Miembro de la Real Academia Galega de Ciencias
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