Antes de que Zygmunt Bauman acuñase y desarrollase, a finales de los 80, el concepto de «modernidad líquida», los procesos de licuación social, tan viejos como la política misma, constituían un síntoma de crisis y cambio, más o menos visible, que estuvo presente en todas las revoluciones que dejaron huella en la historia de la humanidad. Por eso, cuando aún no disponíamos de la inmensa literatura que existe sobre estos procesos de licuación, tuve que echar mano de una imagen muy sencilla para explicar qué sucede en esos momentos en los que ningún concepto es claro y objetivo, ningún sistema es estable y riguroso, ningún poder tiene determinados sus límites, ni ningún ciudadano conoce el alcance de sus deberes y obligaciones, o cuando una realidad social que se nos presentaba como estable y entendible, empieza a escurrírsenos entre los dedos.
La imagen que más he utilizado para iniciar a mis alumnos en este fenómeno fue la de Gregory Peck, que, conduciendo un automóvil de los años 50 por una recta interminable, no paraba de mover el volante a uno y otro lado, buscando la regularidad direccional que la mecánica no garantizaba, y que los automóviles de hoy descubren como una necesidad de seguridad y confort que los viajeros de entonces no podían intuir. Yo creo que Sánchez conduce el Gobierno como Gregory Peck conducía los haigas americanos, sin parar de dar volantazos, y sin que nadie pueda adivinar, observando al conductor, si estamos rodando por una llanura de horizontes despejados o por una carretera de montaña llena de abismos y rocas desprendidas. Y eso demuestra que la liquidez que caracteriza este otoño es preocupante, y que, perdida la seguridad que daban el bipartidismo imperfecto, las mayorías y los parlamentos gobernables que tuvimos entre 1977 y 2015, los gobiernos actuales solo nos pueden guiar a base de volantazos, corrigiendo continuamente su trayectoria, y haciendo que los pasajeros vivamos cada viaje como una incierta y peligrosa aventura.
Esta semana, sin ir más lejos, hemos tenido una mesa de gobiernos que no fue mesa, ni produjo diálogo, ni desplazó al partidismo, de forma que todo lo que salga de ella es modificable, y carece de garantías institucionales, lo que no le impide comprometer el futuro de la España descentralizada. También se nos planteó como una rebaja del coste energético lo que en realidad es un movimiento trilero de los conceptos que integran la factura, sin que el problema de fondo se haya diagnosticado. Acabamos de celebrar la huida de Afganistán como una victoria militar y política. Estamos saliendo de la pandemia en medio de un barullo orgánico y jurídico indescifrable. Y hasta los fondos europeos parecen difuminarse en la hojarasca de la inflación, del paro disimulado, y de una aterradora incapacidad para gestionar con eficiencia esta dana de euros que se nos viene encima. Porque este otoño, crucial para el futuro, viene líquido, caliente, incierto y escurridizo, y conducido por Sánchez al estilo Gregory Peck.