Sánchez regresa a Ítaca

OPINIÓN

Luis Polo | Europa Press

04 sep 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Ahora ya sabemos que Sánchez se deshizo de Iván Redondo para iniciar su regreso a Ítaca. Y le felicito por ello. Porque, aunque no pongo en duda el patriotismo del presidente, también sé que su prioridad, la que le arrojó en brazos de Redondo, era acceder al poder para escribir el capítulo central de su historia personal. Por eso se confió sin remilgos a todas las mayorías posibles, sin importarle para nada las tensiones, cesiones, triquiñuelas y contradicciones sobre las que generó lo que, para librarse de la mordaz nomenclatura de Rubalcaba -la «mayoría Frankenstein»-, acabó denominando «mayoría de investidura».

Aunque Redondo creía que la mayoría de investidura era más asumible que la mayoría Frankenstein, lo cierto es que la denominación implantada por aquel Rasputín de la Moncloa nos llevaba directamente a la conclusión de que Sánchez disfrutaba de una coalición atrabiliaria, que le aseguraba la Moncloa, pero no tenía mayoría de gobierno, ya que eran sus propios socios los que le ponían más piedras en el camino, presumían de ello y disfrutaban de hacernos ver con todo detalle la debilidad de un presidente prisionero de sus socios y ambiciones. Por eso dejó tantos jirones en la batalla, bajó mucho en las encuestas, quemó tanta imagen en los indultos y en las relaciones bilaterales con los desertores del país, y llegó a temer que, tras la victoria de Ayuso en Madrid, cualquier resbalón podía partirle su crisma de líder.

Para huir de la quema, el propio Sánchez le propuso a Redondo lo que ahora está haciendo sin él: regresar al modelo de gobierno socialdemócrata que distinguió al PSOE anterior a Zapatero; exhibir ante los ciudadanos la regeneración de su autoestima; plantearle a sus socios la disyuntiva de gobernar como Dios manda o consumir su actual oportunidad en regueifas sin sentido, y empezar a hacer lo que siempre hicieron los socialistas: una política económica liberal y europea, un país libre de las dinámicas de autodestrucción en las que se había instalado la mayoría de investidura, y pagar con los réditos de ese cambio las políticas sociales y las reformas progresistas que puedan darle imagen de gobernante, pátina de esmerado constitucionalista, socio fiable de los que ya fueron socios de aquel Aznar que quería «sacar a España del rincón de la historia», y reducir a Unidas Podemos y a los independentistas a un molesto prurito que hay que soportar para mantener a España en la mentalidad de la Transición.