Esperando a Pablo Casado

Gonzalo Bareño Canosa
Gonzalo Bareño A CONTRACORRIENTE

OPINIÓN

Tarekmj | Efe

26 ago 2021 . Actualizado a las 08:56 h.

Pasan los días, pasan los meses, pasan ya los años y seguimos sin saber qué quiere ser Pablo Casado de mayor. Los bandazos, vaivenes y contradicciones del presidente del PP desde que asumió el cargo en julio del 2018 son tantos que uno ya no sabe si detrás de esa concatenación de meandros se oculta algún tipo de estrategia o se trata solo de ir adaptándose al paisaje con el objetivo de ir tirando y llegar así hasta las elecciones generales, para ver si suena la flauta y el poder le cae en la mano por decantación. Tenemos ya tantas versiones de Casado que la cansina metáfora del doctor Jekyll y el señor Hyde se queda corta. No es ya que irrumpa de pronto en el Congreso tronando con gran furia contra el Gobierno y tañendo las campanas del apocalipsis para, al día siguiente, presentarse como un manso corderito, sin que nadie sepa muy bien el por qué de esa mutación. Es que pasa de la «derecha sin complejos» a lo Vox al manido reformismo, pasando por la casa común en la que caben todos y haciendo parada en la abulia política. Pasa de anunciar que quiere ser el Feijoo de la política nacional a abrazar el discurso populista de Díaz Ayuso y su obsesión por defender «la libertad», como si España fuera la Unión Soviética, para concluir luego que lo que quiere es ser «la media» entre ambos, cuando todo el mundo sabe que la media entre un 7 y un 2 es un 4,5.

El mandato de Casado ha coincidido con unas circunstancias excepcionales en la política nacional e internacional. Un escenario propicio para el lucimiento de quien pretenda mostrarse como un estadista. Y, hasta el momento, no ha dado la talla. En lugar de centrarse en lo mollar, que es presentar una alternativa sólida a la política económica del Gobierno, Casado no se cansa de disparar a todo lo que se mueve, incluido aquello a lo que no se debe disparar jamás. Y lo hace además de forma ineficiente, mostrándose agresivo de salida para luego replegarse a la defensiva cuando ve que su mensaje no cala o se vuelve contra él.

Cuestiona primero las devoluciones en caliente en Ceuta, pero luego calla cuando el popular Juan Vivas las respalda. Critica la actuación de Sánchez en la crisis de Afganistán, pero cuando Ursula Von der Leyen se retrata en Madrid con el presidente del Gobierno envaina la espada. Hasta con los incendios de Ávila arranca exigiendo al Ejecutivo que las ayudas «lleguen pronto», pero aclara inmediatamente que no está «haciendo acusaciones» sino «pidiendo soluciones». ¿De qué vale todo esto?

Ayer se arrogaba la llegada de los fondos europeos, aunque atacaba su gestión. ¿De verdad cree que eso puntúa? Está claro que quiere comenzar el curso con un nuevo perfil. El enésimo. Pero Sánchez parece haberle tomado la medida a este Casado siempre cimbreante, y se chotea un poco de él celebrando que haya recuperado el «sentido de Estado». El signo del futuro Gobierno de España está todavía en el aire. Pero una cosa está clara. Si los populares están ahora los primeros en las encuestas no es por los méritos de un Casado que, tres años después, no sabe todavía a qué quiere jugar.