Este Año Santo Jacobeo al peregrino, al llegar a Santiago y franquear la Puerta Santa, se le abre un camino misterioso que va hacia dentro y puede sentir como un impulso a dejarse abrazar por lo desconocido, por lo sagrado, por el misterio, por la oscuridad del recinto, por la luz que se filtra por las vidrieras. La puerta es un límite detrás del cual algo emerge que permite llegar a la presencia o a la ausencia de lo que se busca.
Los verdaderos motores del Camino fueron siempre la curiosidad y la fe. La curiosidad impide quedar anclados y la fe da fuerza para echarse al camino y para seguir en momentos de desaliento y zozobra. El Camino no se reduce a un trayecto en el sentido de un alejamiento o de una distancia entre dos puntos, es un trecho y un tiempo, una búsqueda que el peregrino hace para sacar a la luz lo que le está oculto, un método para orientar la vida, para llegar a la verdad que busca. El encuentro con la realidad, mítica o histórica, al final del camino, es el inicio del Camino que resta.
Todo relato mítico pasa de generación en generación, se transforma con la transformación de los hombres y constituye un inagotable suministro de imágenes relevantes, no desaparece, perdura y parece que cada día se revitaliza. Quienes se lanzan al Camino no van buscando lo restos de Santiago ni verificar si Santiago estuvo o no estuvo en Galicia, sino que van buscando quiénes son ellos. Aquellos que dicen que en Santiago no hay nada, que todo es una mentira, no entienden ni saben lo que es ni cómo funciona un mito. Ya sea verdad histórica o realidad mítica, el pluralismo es indisociable, inherente, a la reconstrucción que cada peregrino haga tratando de explicar racionalmente lo que encuentra y siente en el Camino y en Santiago.