Sacrificamos nuestras libertades y nos encerramos en casa durante meses. Dejamos de ver a familia y amigos. Borramos las sonrisas y renunciamos a caminar libremente atenazados por la distancia de seguridad. Nos resignamos a vivir una nueva existencia que dieron en llamar nueva normalidad. Nuestra capacidad de sufrimiento no tiene límites. Salvo en las fiestas. A eso sí que no estamos dispuestos a renunciar.
Porque en la situación en la que nos encontramos, con limitaciones, restricciones de acceso, toques de queda, contagiados, muertos y con el certificado de vacunación permanentemente entre los dientes, sorprende, por no decir que irrita, ver la cantidad de fiestas, conciertos, festivales y recitales que se programan y celebran. Como si nada ocurriese. Y lo que es peor, en la mayoría de los casos con el apoyo y ayuda económica de las mismas instituciones que nos hablan de prudencia y de que esto aún no está superado, por muy bien que vayamos en esta quinta ola.
Miles de citas festivas reúnen cada día en nuestro país a gentes incapaces de sobrevivir sin fiestas. Parece como si el mundo se acabase mañana. Y por si sus ansias no fueran suficientes, quienes tienen el encargo de cuidar de nuestra salud nos tranquilizan al decir que se cumplen los requisitos exigidos, que aún no se dispone de cifras de contagios y que se celebran con todas las medidas de seguridad.
Medidas que también se respetaron en los tres festivales catalanes que dejaron 2.300 contagiados, un 76 % más de los casos registrados en un grupo de control y un 58 % más de lo esperado. Y es que las medidas y controles otorgan una sensación de falsa seguridad porque, a decir de los especialistas, hay un claro papel de transmisión comunitaria por la dificultad de mantener esas medidas a la entrada y salida de los recintos, incluso lejos de ellos donde las aglomeraciones son habituales.
El problema que tuvimos con nuestros mandamases desde el primer momento de esta pandemia es que se instalaron en el titubeo. Tratando de convencernos de lo imposible y sin el coraje para actuar como la amenaza requería. Y así continúan. Pues que siga la fiesta. Que ya vendrán los lamentos.