De patanes y astronautas

OPINIÓN

JOE SKIPPER

22 jul 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Hace 52 años, el 21-07-1969, a las 2.56 horas, Neil Armstrong, tripulante de la nave espacial Apolo XI, imprimió la huella de su bota, por primera y única vez, en la superficie de la Luna. Un avance tecnológico de capital importancia, y un hito histórico, que el propio Armstrong relató, para las televisiones en blanco y negro, con la frase espontánea y más trabajada de todos los tiempos: «Este es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad». En las antípodas de aquel prodigioso acontecimiento, el pasado 20 de julio, el ricachón Jeff Bezos montó también su mediático show, que, de haber estado asesorado por mí, lo habría inmortalizado así: «Este es un pequeño paso para la humanidad, pero un gran salto para el hombre más rico de la tierra». Habría quedado tan satisfecho como Cervantes cuando se refirió a la batalla de Lepanto como «la mayor ocasión que vieron los siglos y esperan ver los venideros». Y mi minuta, por haberlo metido en los diccionarios de frases célebres, no hubiese superado el millón de euros (+IVA), que para él sería como invitarme a café.

No seré yo, liberal confeso, quien diga a los ricos cómo deben emplear su dinero. Pero, siendo politólogo, no puedo dejar de preguntarle a los medios de comunicación, y a todos sus seguidores, qué tiene de mérito, o de gracia, 52 años después de aquello, la hazaña de Bezos: un viaje de ida de cinco minutos; un minuto en el límite del espacio exterior; un derroche de energía que va contra la sostenibilidad del planeta, y dejarse caer, otros cinco minutos, colgado de un paracaídas. Un hecho bien vulgar, como veremos, que, pudiendo ser noticia en el Financial Times, que siempre habla de negocios y de empresa privada, no tiene sentido, ni valor, para los medios de información general.

Desde el punto de vista tecnológico, lo hecho por Bezos es tan viejo como un turismo a gasógeno. Desde la perspectiva cosmológica -física o metafísica- su viaje no es más que una ridiculez, que se confronta con un desmesurado universo, ocupado por billones de soles, planetas, cometas, agujeros negros y galaxias, todos separados por años luz, y en prodigiosa expansión y acelerados movimientos. Un espacio del que lo ignoramos casi todo, y sobre el que Jeff Bezos hace un viaje -«coma de aquí a Soutelo», diría mi padre- que dura once minutos. Finalmente, desde el punto de vista de la curiosidad y el placer, me temo que no pasa de ser ese desvío que hace el autobús de seareiros que van a la final de la Champions, y que se desvían de la ruta para cruzar París, perdiendo dos horas, para «poder dicir que estivemos alí».