Indultos: ¿y ahora qué?

Gonzalo Bareño Canosa
Gonzalo Bareño A CONTRACORRIENTE

OPINIÓN

Toni Albir | Efe

22 jun 2021 . Actualizado a las 10:44 h.

Pedro Sánchez consumará hoy su decisión de ignorar el principio de igualdad ante la ley. Contraviniendo los dictámenes desfavorables de la Fiscalía y del Tribunal Supremo, pero vulnerando sobre todo la lógica más elemental, el Gobierno anulará las penas a unos condenados que no solo no se arrepienten de sus delitos, sino que presumen de haber derrotado con ellos al Estado y aseguran que los volverán a cometer a la menor ocasión. Se entiende que para rematar a quien consideran ya gravemente herido. El Gobierno está en su derecho de adoptar esa medida, que es legal y estrictamente política. Pero deberá asumir también las consecuencias de su decisión si no se cumplen las premisas con las que se toma. El indulto habría sido una herramienta útil y poderosa si se concediera a cambio de una aceptación expresa de la ley y la Constitución. Pero, otorgado sin esa premisa, no solo resulta inútil, sino también contraproducente.

Asegura Sánchez que los indultos se conceden porque favorecen la convivencia desde «el respeto y el afecto». Pero él mismo comprobó ayer que no es así. Inmediatamente después de anunciarlos fue insultado y acosado por quienes no admiten otra convivencia que la que resulte de imponer su voluntad a todos los españoles. Fue al Liceo -extraño escenario para anunciar un indulto- para llamar al «reencuentro» y exponer un «proyecto de futuro para toda España». Pero fue despreciado por el Gobierno catalán y tuvo que salir del teatro escoltado por las fuerzas de seguridad. Ninguna imagen refleja mejor el fracaso de su argumentario. Sostiene también Sánchez que es una medida de utilidad pública, aunque resulta difícil entender qué utilidad tiene el que unos delincuentes condenados entre otros delitos por malversación de fondos salgan de la cárcel sin cumplir su pena y sin un compromiso de no volver a delinquir.

El inverosímil constructo judicial elaborado por el Gobierno se remata con el argumento de que el indulto no se concede en beneficio de los presos, sino de la sociedad. Es decir, que todos los españoles no solo tienen que aceptar una decisión ayuna de cualquier equidad, sino que deben agradecérsela al jefe del Gobierno porque la toma en su beneficio. Gracias, señor presidente, aunque algún malpensado podría concluir, como hacen los seis jueces de la Sala Segunda del Tribunal Supremo, que si el Ejecutivo perdona a quienes cometieron tan graves delitos y no se arrepienten de ellos no es en beneficio de los reos, efectivamente, sino en beneficio propio, porque se estaría concediendo un autoindulto al favorecer a aquellos a los que debe su investidura y a los que necesita para poder gobernar.

Todo el proceso ha sido un rosario de cesiones al separatismo sin la más mínima contrapartida por su parte. Y nada indica que la vaya a haber ahora. Al revés, con el indulto y la libertad en la mano, el secesionismo redobla desde hoy su desafío. Lo primero es exigir el regreso en libertad de Puigdemont. Lo siguiente, un referendo. Pero ya no hay indultos que ofrecer a cambio de que asuman la Constitución. ¿Y ahora qué?