Otro horror

Verónica Ponte PUNTO DE VISTA

OPINIÓN

María Pedreda

12 jun 2021 . Actualizado a las 10:18 h.

Casos como el de las niñas de Tenerife y otros similares demuestran la existencia de la lacra del machismo, que se escenifica a través de la violencia sobre la mujer. ¿Cómo un padre podría hacerle eso a sus hijas? Es lo que se llama violencia vicaria. Se trata de una forma de violencia sobre la mujer -en concreto, contra la madre- en la que, por no acceder directa o indirectamente a la voluntad del maltratador, este opta por atacar y/o matar a los hijos comunes o personas muy queridas por ella con el fin último de causar el mayor daño posible a su pareja o expareja.

En mi trabajo como juez de violencia sobre la mujer he sido testigo impotente de cómo se justifica el comportamiento posesivo con razonamientos del tipo «si se cela es que me quiere». He escuchado cómo el entorno de la víctima normalizaba el carácter celoso del varón sobre la mujer en una relación. He podido comprobar cómo se usa a los hijos para controlar la conducta de la víctima: «Si me dejas, me llevo a los niños y no los vuelves a ver» o «declararé en tu contra ante el juez» en procesos con hijos que no son comunes.

Como sociedad, solo reaccionamos con tristeza, frustración y rabia cuando asistimos inútiles al incremento del número de asesinatos. ¿Por qué descendieron durante el confinamiento? Porque la actuación de las víctimas estaba más controlada por el posible maltratador: ahora volvemos a salir, a tener libertad y comienza el miedo a perder el control sobre la pareja.

Podemos, como sociedad y como individuos, elegir cambiar. Podemos utilizar esto como motor para trabajar en la prevención, sensibilización y educación. Urge aprender a aceptar a las personas sin tener en cuenta el género o cualquier otra circunstancia, lo que implicaría que nadie es propiedad de nadie, que nadie está por encima de nadie. Urge aprender que, en una relación de igualdad, decidimos entre todos con otras formas de negociación. Urge aprender a no justificar comportamientos de celos y que controlar no es querer.

La Justicia y las magníficas fuerzas de seguridad con las que contamos en nuestro país solo podemos intervenir en muchos casos cuando el daño ya se ha producido. Nuestro fin es sancionar la conducta y, en la medida de lo posible, proteger a la víctima. En la lucha contra esta lacra necesitamos la ayuda de las instituciones y de todos y cada uno de los ciudadanos. Es vital, como sociedad, aprender de nuestros errores desde las etapas más tempranas de la educación y romper con los roles que nos atan al horror.