Noticias del nido

Miguel Murado
Miguel-Anxo Murado VUELTA DE HOJA

OPINIÓN

Edgardo

Escribí aquí hace unas semanas sobre el nido que unas palomas torcaces habían ocupado en un olmo que hay frente a mi ventana. Comentaba yo entonces algunas generalidades sobre los nidos, los árboles y los pájaros, y citaba un poema de Cunqueiro y otro de uno de los tres Machados (tres, porque yo siempre cuento a Machado de Asís). Pero el caso es que, desde entonces, han ocurrido cosas en torno a este nido que creo que hay que contar.

Como si se tratase de una página de 13, Rue del Percebe, he visto pasar, en viñetas, muchas pequeñas historias en este árbol, desde los herrerillos que venían diariamente en marzo a la misma hora, como a traer el correo, hasta un pájaro carpintero que, literalmente, parecía que había ido a hacerles una chapuza a las torcaces en su nido, martilleando aquí y allá. Los gorriones se acercaban a inspeccionarlo, y el mirlo, que todo lo sabe y todo lo cuenta en falsete, cotilleaba a diario desde una acacia cercana. Era un nido minimalista, que es el estilo que gusta a las torcaces, aunque sólido. Pero entonces llegaron las urracas, y, como en una fábula de Iriarte, se fueron llevando palitos del nido aprovechando las breves ausencias de las torcaces. No podía oírlas, pero me imaginaba que lo hacían tarareando la obertura de La gazza ladra (La urraca ladrona) de Rossini. Hasta que el nido quedó reducido a la nada. Fue patético observar la cara que se les quedó a las torcaces cuando vieron que no tenían casa. También me entristeció a mí, que esperaba poder ver el nacimiento de los polluelos desde el despacho, entre artículo y artículo.

Por eso me llevé una gran alegría al ver que al poco tiempo las torcaces ya habían construido otro nido en una rama contigua del mismo árbol. Más tarde, cuando vi a la hembra quedarse en el nido estoicamente bajo un chaparrón de primavera supe que se acercaba el parto gemelar. Hijo y nieto de ginecólogos, no puedo evitar seguir los embarazos con un cierto grado de alerta, así que durante un par de semanas estuve muy pendiente, con un sonsonete en mi cabeza sonaba como la voz en off de Félix Rodríguez de la Fuente. A veces me despertaba en mitad de la noche para comprobar que todo estaba bien. Hasta que finalmente vi asomar el blanco de dos huevos entre las ramas, y al cabo de un tiempo se convirtieron en dos picos abiertos que asomaban del nido, dos bocas que resumían todas las bocas de los recién nacidos, un símbolo universal de la vulnerabilidad.

Lo he pasado bien y mal en estas semanas en las que he visto crecer a los pollitos. En mi caso, el término coloquial «me importa un huevo» no era una expresión despectiva sino una afirmación completamente sincera, y además no se trataba de uno sino de dos. Temía que apareciese algún depredador, un águila real, un halcón o algo así, aunque ya sé que en el barrio de Chamberí de Madrid eso es poco probable. Llegué a confeccionarme un tirachinas como el que me había hecho de niño con un trozo de neumático de bicicleta, por si tocaba defender el nido.

El martes pasado la casualidad me concedió uno de sus privilegios, y pude presenciar el preciso momento en que las crías alzaban el vuelo y se iban del nido. Torpemente, tambaleándose como los niños pequeños, saltaban de rama en rama sin atreverse a lanzarse del todo. Fueron unos veinte minutos de dudas y miedos. Hasta que, con un soplo de viento, llegó esa fuerza inmensa que mueve el mundo, y que es el instinto. Y se fueron en un torbellino de colores blancos y grises; de esa manera tan rotunda, tan majestuosa y definitiva de irse que tienen las grandes aves.