Pacto en Cataluña: ¡la que nos espera!

Roberto Blanco Valdés
Roberto L. Blanco Valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

David Zorrakino | Europa Press

19 may 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Por pura inercia seguimos llamándole gobierno al órgano que va a constituirse en Cataluña entre las fuerzas secesionistas, salvo que la componenda entre ERC, Junts y la CUP se tuerza a última hora. Sí, por pura inercia. Porque un gobierno es, en todo el mundo democrático, una institución muy distinta, por su origen y sus finalidades, a la que los nacionalistas van a organizar (más bien a desorganizar) en Cataluña.

El nuevo departamento de agitación y propaganda de los independentistas (pues de eso se trata en realidad) se ha fraguado tras noventa días de negociaciones delirantes, más propias de la mafia que de organizaciones que se pretenden democráticas: desarrolladas en parte en una prisión, con reos condenados por sedición a penas de entre 9 y 13 años de privación de libertad; en parte mediante conversaciones con un huido de la justicia, que ha constituido en su lugar de fuga un órgano fantasma -el autodenominado Consejo por la República- que no representa más que al propio ex presidente de la Generalitat; y en parte, finalmente, con la CUP, una fuerza que impulsa y apoya, cuando no dirige, actos de violencia callejera.

Todos esos angelitos se han unido con dos finalidades esenciales que nada tienen que ver con las que caracterizan a un gobierno, consistentes en el mundo civilizado en la gestión del poder ejecutivo en defensa de los intereses generales. ¿Se trata de eso en Cataluña? En absoluto: dado que no hemos oído en estos tres meses discutir de otra cosa que de la llamada amnistía y de la autodeterminación, hay que concluir que ese es el programa del Gobierno, aunque ambas cosas estén prohibidas en España por la Constitución.

Sobre lo primero no es de extrañar la posición de los independentistas, dado lo que declaraba a La Voz hace tan solo tres días un ministro del Gobierno central. Respondiendo a una pregunta sobre los indultos, Iceta, un nacionalista emboscado que no sabe que lo es, decía a este periódico que «hay que hacer un esfuerzo por empatizar con todas las sensibilidades, con los que se sintieron heridos por la sentencia y con los que se sintieron heridos por el intento de romper la legalidad». Es decir, y para dejarnos de rodeos, según el ministro socialista los partidarios del cumplimiento de la ley merecen el mismo trato que los partidarios de su violación. Escandaloso, aunque nada sorprendente viniendo de quien viene.

En cuanto a la autodeterminación, los independentistas lo tienen claro: marearán a Sánchez, y seguirán chantajeándolo a través de esa comisión negociadora que el Gobierno se sacó de la manga para seguir en el machito hasta que el presidente se vea forzado a decir que sí o que no. Si hace lo primero, será el fin de la democracia española y del PSOE. Si dice que no, será el fin de la mayoría Frankenstein que sostiene a este Gobierno. El mismo que ha perdido su posición de ventaja en las últimas encuestas, pues antes o después tenía que pasar lo que ha pasado: que no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo.