La mitificación de los abuelos


A qué se debe que España -líder mundial de la autoflagelación y las leyendas negras, y la única nación que, siendo dueña de un prodigioso patrimonio, tiene complejo de fracaso histórico- sea considerada como uno de los países más hermosos y felices de la Tierra? La respuesta verdadera no cabe en un artículo. Pero el chascarrillo que lo explica atribuye nuestra suerte a cuatro tesoros de los que ningún español carece: un microclima que rodea nuestra casa; las mejores patatas del mundo; una abuela que inventó el arte culinario y nos lo transmitió en secreto, y un abuelo que, además de ser más sabio e íntegro que Sócrates, era republicano. 

A nadie le extraña, por ejemplo, que, partiendo de padres tan premiosos, y de cuñados tan pelmas, nos convirtamos de repente en abuelos insuperables. Ni nadie se pregunta cómo se van a arreglar nuestros hijos cuando, en vez de tener abuelos republicanos, tengan abuelos que salieron de las aldeas para formarse en las universidades de Franco y convertirse en brillantes profesionales y urbanitas. Yo, que soy muy previsor, ya les cuento a mis nietos que pasé por el TOP, por ser antifranquista, acusado de insultar al Caudillo (sic) y de romper a pedradas las lunas de Caja Madrid, en la calle Bravo Murillo. Pero me temo que no todos los abuelos tienen un currículo tan bien certificado, que les ayude a salir indemnes de las pruebas de abuelo mítico a las que van a someterlos sus nietos.

Pero no se preocupen. Porque la clave de esta vaina, como decían los indianos de Forcarei, es que los abuelos estamos mitificados, y que los hemos subido a pedestales para convertirlos en referentes provisionales con los que paliar la iconoclastia social y política que estamos perpetrando. Y eso significa que, con los mismos materiales que nosotros hemos utilizado para idealizar a nuestros abuelos -la necesidad y la voluntad-, también podrán mitificarnos -si lo necesitan- los siguientes nietos.

Las sociedades avanzadas se conforman y organizan mediante fórmulas de cooperación útiles y duraderas, que van generando hábitos, culturas y valores que luego se reconocen y potencian mediante complejos ordenamientos jurídicos, y con la ayuda de un institucionalismo paralelo que, impulsado por las religiones, la estructura social y el proceso educativo, orientan nuestros modos de vida. Nada impide que las sociedades progresen y cambien para acomodarse a otros tiempos. Pero cuando una sociedad entra en crisis, devalúa todo lo que es y todo lo que tiene, y se lanza a un acelerado y obcecado proceso de cambio, se queda sin referentes y entra en un arriesgado marasmo individual y colectivo. Y es ahí cuando se crean mitos, que pueden ser héroes, artistas, dioses o migraciones por el desierto. En la España de hoy, poco apta para mitificaciones épicas, hemos optado por mitificar a los abuelos, cuya condición se adquiere por el paso del tiempo, tienen fecha de caducidad bastante premiosa, y son de propiedad privada. Y así, ¡vaya por Dios!, se explica la vaina.

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