El pasado 23 se celebró el día de San Jorge. La tradición de regalar un libro y una rosa ese día data de principios del siglo XX, cuando parejas y matrimonios acudían al Palau de la Generalitat para celebrarlo y una rosa era el obsequio con que los caballeros agasajaban a las damas. El libro se añadió más tarde -lo regala la mujer- con motivo del fallecimiento de Cervantes y Shakespeare un 23 de abril de 1616.
Recibí libros y rosas digitales por parte de muchos amigos y la triste noticia del fallecimiento de uno de los médicos más erudito, voluntarioso y admirable que he conocido: el profesor José Carro Otero. Amigo, colega y mentor en muchos aspectos de mi vida profesional. Uno de esos compostelanos de piedra picada que se encastan en la historia personal de quien tiene la suerte de tratarlos más allá de sus textos, sus conferencias y su magisterio.
Carro era un hombre menudo, vital e infatigable, poseedor de un conocimiento enciclopédico, entusiasta como docente, brillante como orador y riguroso hasta la obsesión en sus investigaciones. Formó parte del tribunal que juzgó mi tesis doctoral, colaboramos juntos en varios estudios antropológicos y en la junta directiva de la Real Academia de Medicina de Galicia, de la que era presidente sin paliativos.
Fiel vigilante del protocolo, las formas y los contenidos, engrandeció la institución académica abriéndola a todo conocimiento que aportara luz al saber médico. Ágil conversador y defensor de sus convicciones, jamás puso un pero a las propuestas de intervención heterodoxas que planteé en la Academia; bajo su mandato permitió abrir la institución a matemáticos, psicoanalistas, escritores, pintores, arquitectos, antropólogos, filósofos y todo aquel que pudiera aportar conocimiento sin veto ideológico alguno, algo excepcional en estos tiempos.
Libros y rosas engalanan su recuerdo. D.E.P.