En los últimos tiempos asistimos a un panorama de dobles raseros al juzgar los hechos a derecha e izquierda y a un aumento de la crispación, de la división y del odio. Los problemas reales que nos preocupan a todos (salud, empleo, educación, vivienda, seguridad) se han acentuado con la pandemia y, ante ellos, la mayor parte de la clase política nacional, lejos de buscar y encontrar soluciones, nos distrae creando nuevos problemas y discusiones absurdas. Eso sí, asegurándose ellos primero el confort económico y el uso de las prebendas que les facilita el Estado por el hecho de ocupar sus cargos representativos. Un ejemplo es la publicación reciente de las declaraciones de bienes de nuestros ministros. Cómo ha crecido escandalosamente el patrimonio de algunos en seis años contradice claramente las ideas que predican (¿nuevos ricos?). La palabra casta ya no se menciona, no conviene, ahora ya forman parte de ella. Es vergonzoso. Se utilizan palabras grandilocuentes y buenistas que quedan desvirtuadas por los hechos. No se busca realmente la unidad, no se escucha al otro, no hay discusiones constructivas. Tampoco se gobierna para todos, solo para los suyos y, a veces, ni siquiera eso, solo para ellos. Demasiado frentismo para alcanzar las metas a cualquier precio, sin importar los destrozos.
Con la llamada nueva política ha aparecido más crispación. Primero surgió por el lado de la ultraizquierda con Unidas Podemos (a la que curiosamente pocos califican como tal ultraizquierda y que ya forma parte de muchos gobiernos). Y más recientemente con Vox por el lado contrario (a la que casi todos califican como ultraderecha). Me sorprende que no se les juzgue con la misma neutralidad y objetividad.
Creo que la opinión pública ante hechos similares y repugnantes en sí, antes de emitir un juicio, lo primero que hace es ver la matrícula del afectado, es decir, el sector ideológico al que pertenece. Y dependiendo de su adscripción ideológica, se hace un juicio más o menos duro, ante realidades similares. Sucede con los casos de violencia y amenazas recientes en la vida pública. La violencia per se nunca debe permitirse, siempre es condenable y debe cortarse de raíz. Nunca debe fomentarse. Es un ataque directo a las libertades de los demás y a la convivencia pacífica.
Pero parece que algunos se sienten cómodos utilizándola. Eso sí, cuando se les vuelve en contra protestan, la critican y la criminalizan. Recordemos los escraches: hace años le llamaban «jarabe democrático». Cuando se practica contra ellos, lo critican como acoso. Es la ley del embudo: bueno cuando me beneficia, malo cuando va en mi contra.
¡Qué decir de cuando se intenta impedir con violencia que un partido legal pueda dar un mitin debidamente autorizado! ¿Quiénes son los antidemócratas? Seamos justos y apliquemos el mismo rasero para todos. Y, por favor, señores políticos nacionales, necesitamos otro tipo de propuestas y de comportamientos: pónganse a trabajar para intentar resolver problemas, aunque cuando no se sabe ni se quieren abordar, es siempre más fácil crear cortinas de humo para que el show continúe.