Me gustan los lobis, pero no siempre


Con los fondos europeos de recuperación, o Next Generation, nos encontramos con la segunda oportunidad que la historia de los últimos 40 años nos brinda para cambiar el país, como proclamó el presidente Sánchez. Pero si es cierto que la entrada en la UE, aún con la práctica del «pelotazo», contribuyó a cambiar España, no logró librarnos de los efectos de la crisis del 2009 y de su gestión desastrosa. Recuerden los miles de millones de euros públicos dedicados al negado rescate bancario, o la precariedad estremecedora en el empleo juvenil, con tasa de desempleo próxima al 40 %. Precariedad que prolonga la etapa de vida dependiente hasta edades intolerables. Por ello quizás fuese útil, como añadido a otras necesidades de diseño y gestión de esos fondos, aprobar una ley sobre los grupos de presión o lobis, organizaciones que pretenden influir en quienes ejercen una cuota de poder, como describió e ilustró desde estas páginas Francisco Ríos.

En el 2011 la UE constituyó el Registro de Transparencia, que se aplica a todas las organizaciones y personas que pretenden influir en los procesos y políticas de las instituciones de la Unión. Por otro lado, en España, la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia creó un registro voluntario en el 2016, con más voluntad que utilidad. Otros parlamentos autonómicos, como Cataluña, o ayuntamientos como el de Madrid, se dotaron también de regulación. Galicia no, a pesar de haberse presentado en el 2019 una proposición de ley en este sentido, asociada al Registro de Transparencia. Fue rechazada por la mayoría popular.

España aprobó en el 2013, con mayoría popular, una Ley de Transparencia que está muy lejos de regular la actividad lobista y hacerla transparente, como evidenció en el 2019 un informe de Transparencia Internacional, según el cual los lobis en España actúan sobre todo ante los gobiernos y las cúpulas de los partidos, y no tanto ante el legislativo.

A veces la historia, algunas historias, se entenderían mejor si se observaran desde las perspectivas de la actuación de los lobis, los grupos de intereses, los grupos de influencia o cabildeo. Me reconozco un apasionado del conocimiento de los lobis, también de los que existen pero no afloran, de aquellos que son líquidos pero reales. Siempre he creído que los lobis son organizaciones necesarias en las sociedades, sean políticos o económicos, también sociales. Más o menos reglados, pero nunca opacos, ocultos, disfrazados. Por eso sorprende que la regulación y declaración de los lobis no exista en España, y que su regulación imperativa sea un elemento importante en la UE. Por eso se hace raro que el Parlamento gallego no los haya regulado -ni siquiera un mal registro-, porque los lobis como las meigas, habelos haylos. ¿Qué si no son las organizaciones económicas, sindicales y sociales que tenemos? Luego, entremezclados, aparentando y coexistiendo con ellos, están los lobistas de sí mismos.

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