Los grupos de presión

Francisco Ríos Álvarez
Francisco Ríos LA MIRADA EN LA LENGUA

OPINIÓN

23 feb 2019 . Actualizado a las 09:43 h.

U na información periodística sobre la presión de «los lobis» al Gobierno por algún asunto de su interés no lleva a indagar sobre el uso de esa adaptación del anglicismo lobby. Una breve búsqueda en la web ofrece decenas de miles de páginas donde se escribe sobre «lobis». ¿Habrá llegado el momento de darle a lobi carta de naturaleza como palabra española?

A mediados del siglo XVI surgió en inglés lobby a partir de una voz latina que se empleaba entonces para designar los claustros monásticos. Los lobbies son hoy ciertos salones y vestíbulos. Concretamente, en el palacio de Westminster, sede del Parlamento británico, hay varias dependencias que reciben ese nombre. Una de ellas, el Central Lobby, es el lugar donde los electores pueden establecer contacto con sus representantes. Por ser ese tipo de antecámaras de sedes parlamentarias donde los legisladores hablan con quienes intentan influir en ellos se llama a este tipo de visitante lobbyist, cuya adaptación al español es lobista. Un personaje de El Papa Verde (1954), de Miguel Ángel Asturias, los retrataba así: «Apostaría doble contra sencillo que ahora va a su cuarto a ver a quién le chismosea por teléfono lo de los lobbystas, los “lobisones del Capitolio”, como los acaba de llamar». No está mal la comparación con los lobisones, los hombres lobo, como el sacamantecas de Allariz.

Por aquí siempre se ha rechazado lobby y se ha considerado que debe traducirse como grupo de presión. También se ha propuesto, sin demasiado éxito en la Península, un grupo de voces creadas a partir de cabildo, como cabildear, ‘hacer gestiones con actividad y maña para ganar voluntades en un cuerpo colegiado o corporación’; es decir, lo que hacen los lobbies. Tenemos también cabildeo, ‘acción de cabildear’, y cabildero, ‘persona que cabildea’.