En memoria de Hans Küng


Ayer me quedé estupefacto al leer en el periódico la noticia del despliegue militar ruso en el Ártico. En el párrafo final se habla de una nueva arma, el torpedo Poseidón 2M39, un submarino nuclear no tripulado con capacidad para lanzar ondas radiactivas que harían inhabitables franjas de la costa durante décadas. ¡Vamos, una auténtica locura! Automáticamente me acordé de Hans Küng y de su Proyecto de una Ética Mundial: aquí es donde se está jugando el futuro de la humanidad. Y me di cuenta de lo lejos que aún estamos siquiera de atisbar esa ética mundial que dé sustento a la fraternidad humana, la que predicó la Revolución Francesa a finales del siglo XVIII, la misma de la que escribió Hans Küng, esa de la que nos habla el papa Francisco en su última encíclica.

La línea de progreso humano se ve continuamente interrumpida por la aparición de regresiones y colapsos. Es cierto. Pero no cabe dejarse asustar ni aplastar por la realidad sino asumirla y, desde ahí, trabajar para transformarla: en esto el teólogo de Tubinga fue un maestro. Andrés Torres Queiruga lo ha dicho muy bien: «Muerto Hans Küng, su teología sigue viva y pide futuro». El mejor homenaje que sus millones de lectores pueden rendirle es recoger el testigo y continuar la fecunda obra de un hombre comprometido con la verdad y la bondad, que se atrevió a soñar nuevos caminos y romper moldes viejos, a pesar del precio a pagar.

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