Desacuerdos y odios

Carlos G. Reigosa
carlos g. reigosa QUERIDO MUNDO

OPINIÓN

No es lo mismo estar en desacuerdo que odiarse. Pero, en la España de nuestros actuales políticos ya no está muy claro qué es falta de acuerdo y qué es odio, porque demasiadas veces lo uno desemboca en lo otro. 

Presten atención a los discursos y escucharán el ruido intenso y agresivo de las pendencias en curso. No hay nada más lógico que cada fuerza política desee obtener los mejores resultados, pero no a cualquier precio. Desentenderse de la política lleva a ser gobernados por los peores.

Se le atribuye a Sócrates el dicho de que «cuando el debate está perdido, la calumnia es el arma del perdedor». Y lo traigo aquí porque empiezo a creer que el debate de verdad, el debate útil y productivo, se ha ido debilitando entre nosotros, para descender hasta la descalificación y el insulto. ¿Con qué argumentos? Lo dijo Martin Luther King: «No me duelen los actos de la gente mala, me duele la indiferencia de la gente buena». Porque, por esta vía, crecerán los desacuerdos y aumentarán los odios.

Tenemos los políticos que tenemos y que hemos elegido democráticamente, pero, a veces, nos preguntamos cómo ha podido llegar todo esto, esta crispación. Y cuando uno trata de explicarlo, no encuentra con facilidad una respuesta satisfactoria.

Así que nos toca seguir remando. Y quizá también rezando. Porque el horizonte (ojalá me equivoque) parece plagado de desacuerdos, tensiones y odios. Y quizá solo podrían impedir todo esto unos resultados benéficos y conciliadores, en manos de unos políticos creativos y deseosos de entronizar el bien común como un horizonte verdaderamente compartido.

De no ser así, todos seguirán cegados por el fuego que llevan dentro. Y el resultado no será bueno. Lo dijo Lord Byron: «El odio es la demencia del corazón».