Divagaciones


Aquí me veo otra vez, sentado frente al folio en blanco, armando una columna que sujete lo que pienso y el lector pueda pasar por debajo sin miedo a que me desplome. Sentado en el muelle de la emoción, intentando pescar alguna idea que interese y que no desmerezca en comparación con al resto de las insignes firmas que acuna la historia de este periódico rizomático y centenario. Debe ser la fatiga pandémica la que ha expulsado a las musas del teclado.

Es luna llena y salgo al campo a ver la colosal couldina hirviendo en un cielo negro teléfono de baquelita. Es lo que nos pasa a los lunáticos, que tenemos un síndrome premenstrual cada veintiocho días y esa luna abrumadora nos atrae como a lobisomes.

Enciendo la tele y se me aparece sin anestesia Rociito, y siento que me derrumbo.

Vuelvo a la idea de que estamos viviendo en un emocionato donde lo que se cotiza es estimular la emoción de la gente. Sea miedo, sea pena, alegría, asco o ira, el caso es ser intensamente emocional. Todo ese ejército de personajes del salseo viven de contar su emocionante vida que es igual que la de todos, solo que cobrando y exprimiendo al máximo lo que todos hemos sentido sin ser víctimas ni verdugos públicos. Las emociones -igual que el éxito- siempre brillan más en el otro. Tan emocionalmente agotador como la pandemia.

¡Pues no lo veas!, me dicen; si yo no lo veo, pero me persiguen al encender la tele, al escuchar las conversaciones de cola del súper, al oír la radio, al leer el periódico... Esa compraventa compulsiva de sagas de famócratas mediáticos no señala nada bueno.

Sorprende ver cómo la gente se enajena sufriendo la baba emocional de generaciones de famosetes y famosotas, y no se cansa.

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